Deporte al portador

¡Urge modernizar el arbitraje!

Algo tiene que cambiar. Los arbitrajes —en este Mundial de centrales que tironean y abrazan descaradamente a los delanteros, de atacantes que se dejan caer como frágiles señoritas cada vez que los roza un contrario, de fingimientos, de infracciones incesantes, de agresiones arteras y de disimulados mordiscos— han determinado muchas veces los resultados de los partidos en detrimento de algunos equipos que hubieran merecido mejor suerte.

El gran villano, para nosotros los mexicanos, no es un árbitro sino ese Arjen Robben que escenificó lo que en la Península se conoce por un “piscinazo” o, en nuestros términos, un clavado. Pero, el colegiado mordió enteramente el anzuelo y cayó redondito. Es cierto que Rafa Márquez también metió innecesariamente la pata en el momento más inoportuno pero esa jugada, para los sufridos aficionados de esta nación, ha sido calificada de “robo”, por no hablar de que la infortunada decisión arbitral alimenta toda suerte de sospechas y teorías conspiratorias.

Por lo pronto, doña FIFA, un ente supranacional que no parece rendirle cuentas a nadie, está en la mira: habría amañado los partidos desde un principio para favorecer a… ¿a quién? Pues, supongamos que los dados estaban cargados para facilitarle las cosas a Brasil y que los suramericanos pudieran avanzar por lo menos hasta ese quinto partido que tanto se nos niega a nosotros (y evitar así que se desatara una revolución en su país porque el populacho está, de por sí, muy descontento). Pero, a ver. ¿las estrepitosas pifias de los chilenos en los tiros penales estaban también programadas? No me parece muy creíble. Al mismo tiempo, los árbitros no han silbado nada a pesar de que han estado en primera línea para poder sancionar las faltas perpetradas en el área, como esa que sufrió Joel Campbell, en el partido de ayer jugado por ticos y holandeses, o esa otra, escandalosa, en la que Evra se abrazó a un contrario nigeriano y en la que, por si fuera poco, fue reconvenido por el mismísimo silbante (o sea, que tuvo el descardo de notificarle al mundo entero que sí había advertido la infracción).

Más allá de los posibles complots, sí se advierte una tendencia: los perjudicados suelen ser los equipos pequeños. Pero esto tampoco ocurre siempre sino que la injusticia es, por así decirlo, universal.

Los altos responsables del deporte más popular de la tierra se emperran, en una época de deslumbrantes tecnologías, en mantener unos usos y costumbres desaforadamente anticuados. ¿Hasta cuándo?

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