Deporte al portador

El Tri de las dudas

Lo de siempre: el equipo que domina, que se mueve bien en la cancha, que tiene claras oportunidades de gol, que merece ganar y que, al final, no sólo dilapida lastimosamente ese capital al no poder meter un miserable golecito sino que termina perdiendo.

Y, luego, el director técnico que, a su vez, pierde la cabeza y que arremete, faltaría más, contra los medios de comunicación. Razón no le falta, aunque debiera ser más diplomático porque, como es bien sabido, los que nos dedicamos a esto, a lo de calificar el trabajo de los demás cómodamente apoltronados delante de la pantalla de la computadora, no tenemos piedad ni nos tocamos en lo más mínimo el corazón cuando hay que hacer leña del árbol caído.

Este Tri, por lo que parece, es el equipo de los ajustes, los cambios, el suspenso (¿ya hay portero titular o todavía está consultando El Piojo su bola de cristal?), las vacilaciones y las especulaciones. Es un banco de pruebas, vamos. La Suprema Selección Mexicana de Patabola es una suerte de prototipo sin acabar que debe de someterse, todavía a estas alturas del partido (nunca mejor dicho), a los experimentos de su entrenador.

Tan imperiosos son los deseos de Miguel Herrera de tener al equipo ideal que no resiste sus ganas de seguir probando a los unos y a los otros para, cuando se haga la luz (fiat lux) y la verdad le sea revelada, sentirse entonces con la conciencia perfectamente tranquila. Pero, miren ustedes, si Giovani dos Santos no tiene tino con la pelota, por más enjundioso y desequilibrante que lo hayamos visto en el encuentro contra los portugueses, y Oribe Peralta no se siente inspirado, entonces es muy difícil cambiar la apuesta, de último momento, por un Chicharito que no ha andado tampoco muy fino en los últimos tiempos. Lo que quiero decir es que, por más combinaciones y reemplazos, al final vuelve a aparecer, sobrevolando por sobre la cancha, el fantasma de la “falta de contundencia”, que ya parece más bien un mal endémico del equipo y, sobre todo, esa falta de vigilancia —muy preocupante, a mi entender— a la hora de negociar los balones parados.

En fin, todo puede pasar. Por ahí, le ganamos a Brasil: somos, cuando se alinean los astros, su bestia negra. Y por ahí, también, no sólo no llegamos a ese famoso quinto partido que hemos disputado tan raramente sino que nos echan en la primera vuelta. El tiempo se acaba. Las dudas siguen. 

 

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