Deporte al portador

Sigue vacante el puesto

A los latinoamericanos nos encandilan los caudillos. Ahí estuvo Perón, en la Argentina, que sigue siendo una figura reverenciada, junto con su mujer, a pesar de que se dedicó a dilapidar, a punta de asistencias y dádivas, la riqueza de una nación que figuraba entre las más prósperas del mundo al comenzar el siglo XX. Y ahí estuvo Hugo Chávez, en Venezuela, que embrujó al populacho y que se construyó un sistema a modo, con el aparato Judicial a su servicio y el Poder Legislativo a sus pies, para perpetuarse en el poder. Muy carismático el hombre, decían, aunque a mí me pareció siempre un bufón odioso pero, bueno, es cuestión de gustos. Y ahí están los otros, en Sudamérica, que de tan populares y simpáticos que son no pueden imaginarse siquiera el vacío que dejarían si se fueran simplemente a casa después de su mandato y que, por esa misma razón, están cambiando las leyes para seguir apoltronados en la silla presidencial.

Es una enfermedad de nuestro subcontinente, señoras y señores, pero en México, aunque no somos muy diferentes, tenemos la fortuna de haber acuñado esa sentencia, “Sufragio Efectivo, No Reelección”, que nos ampara contra los dictadores democráticamente elegidos.

¿Qué tiene que ver todo esto con el futbol? Pues, que cada vez que llega un nuevo director técnico a la Suprema Selección Nacional de Patabola lo elevamos a la categoría de un caudillo deportivo. Un salvador. Un superhombre. Un mago. Un genio. Resulta, sin embargo, que al tipo no le facilitamos un equipo como el Barça o el Madrid —o ya en plan escaso un Paris Saint-Germain o un Liverpool— sino que su materia prima es… el Tri. Y, con perdón, ese conjunto tricolor no figura, y no ha figurado nunca, entre las grandes potencias futbolísticas del plantea. Punto. Así de simple, así de evidente y así de claro.

El negocio, sin embargo, tiene que seguir. Luego entonces, cada vez que se acerca la gran cita del futbol mundial, las televisiones y los medios construyen un mito —que diga, un producto— y comienzan a ensalzar y a encumbrar y a glorificar al equipo nacional. De paso, nos confunden de nuestra cabecita a todos nosotros y nos hacen creer que, ahora sí, vamos a demostrar esa grandeza futbolística que no sólo tenemos escondida sino que es una parte inseparable de nuestro destino como nación. Pero, como las expectativas no se cumplen, resulta que nuestros directivos despiden fulminantemente al técnico al final de cada ciclo.

¿Quién es el que sigue?

revueltas@mac.com