Deporte al portador

Ritos que parecen fascistas… ¿Qué hacemos?

Los símbolos importan. Luego entonces, esos brazos levantados con el puño cerrado, en una colectiva actitud de desafío guerrero, se asocian mucho más al inquietante desplante de los seguidores de un caudillo fascista que a la simple expresión de apoyo de unos aficionados al futbol. Seguidores de un equipo, por si fuera poco, que pertenece a una universidad, lugar abierto a las ideas, el pensamiento crítico, la tolerancia y el espíritu de la civilización.

Tomás Boy, el director técnico del permanentemente resucitado Cruz Azul, aprovechó la ocasión para meter un poco de ruido y la gente se le echó encima. Luego, el hombre, debidamente intimidado por la furia popular, matizó sus primeras declaraciones y dijo lo que todos decimos cuando intentamos arreglar las cosas: que no era eso sino lo otro y que lo que se había creído no hubiera debido creerse. A mí, el tipo nunca ha dejado de caerme bien aunque sus modos, en ocasiones, sean los de un provocador nato. Me gusta su sistema de juego y me divierte su naturaleza explosiva. Además, supongo que hay que tener mucho carácter y un temperamento bien fuerte para liderar una cuadrilla de mocetones elevados a la condición de divas exquisitas y malcriadas. ¿Quién es el valiente que puede domesticar a estas fieras mimadas por la fama y el dinero?

Volviendo al tema del comienzo, ¿cómo celebrar, entonces, en un estadio? Los himnos deportivos, que a mí ya me sacan algo de urticaria, comienzan a asustarme de verdad cuando se entonan como si fueran cánticos marciales. Hay mucho de primitivo gregarismo en la adhesión a la tribu futbolística y las cosas llegan tan lejos que la violencia termina (casi) siempre por aparecer en las gradas y en las calles aledañas a los campos de juego. Lo que era una fiesta se vuelve, en un abrir y cerrar de ojos, una fea manifestación de brutalidad.

Hoy día, la tragedia no deja de estar a la vuelta de la esquina en el futbol. A lo mejor estamos hablando de esa descomposición social que tanto amenaza a nuestras colectividades y que se manifiesta ya en casi todos los ámbitos de la vida pública. Naturalmente, no se pude en manera alguna asociar la violencia a un ritual universitario de amenazante tufillo. Pero, lo repito, la universidad es la universidad y las formas, muchas veces, son casi tan importantes como el fondo. Eso, y nada más.


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