Deporte al portador

Río de Janeiro: la alegría

Un amigo periodista, Rogelio Villarreal, admite que es un “sentimental” en una publicación en Facebook. ¿Por qué? Porque le conmovió la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro. En este mundo azotado por el terrorismo, la intolerancia, el fanatismo religioso, los enfrentamientos étnicos, la criminalidad rampante y el crónico descontento de las poblaciones, Rogelio advirtió, de pronto, que los países más castigados del planeta estaban también ahí, en el estadio de Maracaná, representados como cualquier otro por sus jubilosos deportistas.

Me encantó la sencilla declaración del colega porque algo parecido sentí al ver el desfile de las pequeñas delegaciones de países que nunca figuran en los titulares de los diarios salvo cuando acontecen catástrofes naturales o tienen lugar tragedias artificiales. Naciones olvidadas cuyos embajadores deportivos se aparecían, por unos instantes, en las pantallas de millones de espectadores, sonriendo ante las cámaras, exhibiendo mensajes dedicados a la novia o la familia, disfrutando de ese momento excepcional en que las habituales miserias de lo cotidiano se esfuman porque la magia de un entorno maravilloso las confina a los territorios del olvido.

También desfilaron los atletas de esos infiernos terrenales llamados Iraq (con 23 participantes) Siria (4), Sudán del Sur (2), Yemen (2) y Afganistán (1), cuya presencia en los Juegos resulta sorprendente no sólo por el hecho de que estaban ahí sino por la circunstancia de que hayan querido estar ahí, de cualquier manera, a pesar de todos los pesares y desafiando la condena de la adversidad. ¿Un deportista, nada más? ¿Dos? No importa. Había que estar. Ya los futbolistas de Nigeria se habían quedado varados en Atlanta, por obra de su desorganización deportiva y la muy probable corrupción de sus autoridades, pero, habiéndose aparecido en tierras cariocas apenas seis horas antes de su partido contra Japón, se llevaron el triunfo.

La propia ceremonia, desplegada en un país que afronta una situación social, política y económica muy complicada, fue una deslumbrante muestra de buen gusto y sentido estético, con un espectáculo en el que despuntó la riqueza musical de Brasil.

El mundo está de fiesta, momentáneamente, en el privilegiado escenario de una esplendorosa ciudad. Hay que disfrutarlo.  

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