Deporte al portador

Qatar: esclavos que mueren para asegurar el espectáculo

Vamos todos a Qatar, oigan. Es un país modernísimo, cuya capital está llena de rascacielos, centros comerciales y amplias avenidas. Y, bueno, tan avanzado es el emirato que hasta los jugadores del Barça, un club cuya tradición se oponía al pago de patrocinadores, portan ahora en su camiseta el nombre de la ‘Qatar Foundation’. La finalidad de esta organización es meramente promover la educación, el desarrollo tecnológico y el conocimiento. Pero, también quieren alardearlo ante el resto de los comunes mortales y entonces los cataríes le han soltado sumas millonarias al equipo catalán —cuyas arcas, según parece, están ahora todavía más rebosantes que las del Real Madrid y el Manchester United— y ahora Messi, Neymar y los otros exhiben el nombre de la tal fundación ante millones y millones de espectadores.

Y, bueno, Qatar ha logrado también que doña FIFA —una asociación que no es nada benéfica, ni benefactora, ni humanitaria, ni caritativa sino todo lo contrario— les otorgue la organización del Campeonato Mundial de Futbol 2022, el espectáculo más importante del planeta.

Ah, pero hay un problema: el calor. Resulta que ese pequeño país, situado en un extremo de la Península Arábiga, tiene, en verano, temperaturas que alcanzan los 55 grados centígrados. Digo, si los holandeses y los alemanes y otros futbolistas de naciones razonablemente nórdicas se quejaban de tener que jugar en las canchas tropicales de Brasil, pues ahora se encolerizan, de plano, de que los obliguen a soltar patadas bajo los rigores extremos de un clima desértico. Tan seria se está poniendo la cosa que Blatter ha acabado por sentirse concernido y, por sus pistolas, ha tomado la decisión de que la magna competición se celebre… en invierno. Y, al diablo con las instituciones, que diga, con los calendarios de los torneos locales.

De lo que casi no ha hablado el líder máximo de la FIFA es de esos trabajadores —nepalíes e indios, sobre todo— que, llegados a Qatar para construir las obras, mueren por laborar en condiciones de una extrema dureza: duermen hacinados en insalubres barracas, cumplen con jornadas de trabajo de más de 12 horas y no pueden siquiera volver a sus países porque les han quitado sus pasaportes. Esclavos, o sea. De aquí a que comience el Mundial, morirán unos 4 mil.

¡Vamos a Qatar, todos tan contentos!

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