Deporte al portador

La Navidad de Blatter y Platini

Vaya parejita, oigan. En un primer momento parecía que don Sep, a quien Michel Platini había intentado destronar para auparse él hasta la silla de la FIFA, pretendía vengarse —y, de paso, cerrarle al astro francés las puertas a cualquier aspiración imperial— revelando que le había untado la mano con dos millones de francos suizos, sacados directamente de las arcas del organismo rector del futbol mundial, por unos servicios a la patria futbolística no enteramente esclarecidos pero convenidos por ambos en 1999.

Pero, qué caray, le salió a Blatter el tiro por la culata: no hubo manera de que ofreciera una explicación convincente ni de que fundamentara legalmente su desbordada generosidad. En cuanto al antiguo jugador de los Blues, ni más ni menos que el capitán, no pudo tampoco justificar su desinteresada disposición a recibir tan sustancial suma siendo, además, que había declarado que el dinero "nunca le había interesado". O, mejor dicho, que había dejado de interesarle luego de haber ya ganado mucho a lo largo de una carrera muy exitosa.

Y entonces, que se pone en marcha la maquinaria de la antedicha Fédération Internationale de Football Association y que el supervisor de la moralidad interna del ente —un tal Hans-Joachim Eckert, juez alemán a quien se le suponía una irrompible cercanía con el propio Blatter y al que, creemos, no le quedó otro remedio que aparecer como un sujeto intachable luego de que desechara parte de las inculpaciones sobre un posible arreglo ilegal para otorgar a Rusia y a Qatar la celebración de los próximos Mundiales— los suspende, pura y simplemente, a los dos máximos mandamases del deporte más popular del planeta.

¿Necesitaba Platini esos dos millones de francos? Pues, hemos visto, una y otra vez, a hombres razonablemente ricos que, metidos a la profesión de politicastros, se sirven con la cuchara grande y no sólo no se abstienen de perpetrar raterías y corruptelas sino que multiplican exponencialmente sus fortunas personales al abrigo de un cargo público. A cierta gente no le alcanza nunca el dinero, siempre quiere más y más y más.

Ahora bien, lo de esos dos millones es apenas una gota de agua en lo que parece un mar de arreglos, componendas y sobornos. Hay muchas dudas sobre la adjudicación de las sedes de los Mundiales. Lo curioso es que este cochinero de dimensiones planetarias lo hemos soportado calladamente, todos nosotros. No tenemos nada que decir: no somos votantes, no elegimos a la gente de la FIFA. Somos simples aficionados al futbol. ¿Cambiará algún día esto?


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