Deporte al portador

México no merece el título

El futbol debe modernizarse. Pero ya, de urgencia, sin tardanza alguna. Hay que poner cámaras en los estadios —varias de ellas, en diferentes puntos de la cancha, detrás de las porterías, en las esquinas, a los lados— para que filmen las acciones y, cada vez que a algún árbitro cegatón y lerdo se le nublen tanto la vista como el entendimiento y dictamine un castigo desaforadamente inmerecido, que sirvan de material probatorio para revertir sus nefandas decisiones. Naturalmente, doña Fifa debería dejar de ser lo que es —ese organismo vetusto y conservador (que, sin embargo, parece estar plenamente actualizado en el tema de las ganancias comerciales)— para, dejando atrás las posibles nostalgias, incorporar las tecnologías que ya se utilizan, sin mayores problemas, en otros deportes.

Muy bien, mientras esa deseada modernización ocurre ¿qué hacemos? ¿Seguimos así, tolerando la escandalosa —y muy perjudicial— ineptitud de los jueces? ¿Los enviamos, a los más incapaces, a campos de reeducación para que aprendan a marcar penaltis y distinguir fingimientos de faltas verdaderas? ¿Pagamos sueldos estratosféricos —y gastos de transportación aérea— a los árbitros de la Uefa para que vengan a supervisar las piojosas (sin ofender, por favor) competiciones futbolísticas que organizamos en estos pagos? ¿Decretamos un código de honor que deba ser seguido por los jugadores —previa rehabilitación moral para que adopten los valores de la honradez— y que dejen de escenificar tragedias inexistentes en el terreno de juego? ¿Prohibimos el triunfalismo de los entrenadores cuando las victorias son inmerecidas?

En fin, todas y cada una de estas medidas podrían ser aplicadas severamente pero, miren ustedes, ese turbio recorrido de la Suprema Selección de Patabola de Estados Unidos (Mexicanos) hacia la gran final de la mentada Copa Oro —facilitado por árbitros de una colosal incompetencia— debiera, por lo pronto, no ser recompensado en manera alguna sino terminar en una derrota que, mal que bien, pudiera resarcir el sentido de la justicia que sí tienen tantos mexicanos, a pesar de todo. Hay, en este país, gente decente que no se regocija con los triunfos inmerecidos y que, por el contrario, condena los rústicos festejos de un director técnico, el tal Piojo (sin ofender, por favor), que no ha aprendido, a estas alturas todavía, que la nobleza es también un valor deportivo, por no hablar de una mínima elegancia en los modos. Yo, con el permiso de ustedes, deseo que Jamaica nos ponga en el lugar que nos toca. Luego, ya hablaremos de jugar al futbol.

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