Deporte al portador

El Madrid ganó porque fue el mejor

La historia del débil que derrota al fuerte nos provoca una gran fascinación a los comunes mortales: nos identificamos, casi todos nosotros, con la figura del hombre modesto. Y es que no somos personajes fabulosos ni héroes imperecederos sino simples individuos enfrentados a los agobios de una cotidianidad que, las más de las veces, está por encima de nuestros alcances y posibilidades.

Me pregunto, en este sentido, si los ciudadanos de las naciones triunfadoras —esos países que ganan guerras, que someten a los enemigos, que avasallan en las competiciones deportivas o que imponen su cultura a los demás— tienen sentimientos diferentes o si, después de todo, el hecho de que la gran mayoría de la gente tenga una existencia sencilla le infunda una espontánea simpatía hacia aquellos que considera, de manera tan natural como inconsciente, sus semejantes.

Evidentemente, admiramos también a los superhombres y los glorificamos. Pero, esa adoración lleva también una parte de resentimiento —hay cierta envidia soterrada en el reconocimiento de los logros de los demás— y por eso nos ensañamos tanto con los héroes caídos, con esos antiguos ídolos que, de pronto, se han dejado llevar por sus miserias humanas. Es más, nos sentimos traicionados cuando la estrella deja de brillar y no puede ya guiarnos por ese camino de posible perfección que pretendíamos seguir. El desencanto está muy cerca de la venganza.

Ayer, se presentó David en la cancha y, por un momento que aspiraba a la eternidad, venció a Goliat. Medio minuto, o poco más, bastaba para dejar reescrita la historia para siempre. Pero, no ocurrió. El Cholo Simeone se encaró luego con el árbitro, cuando la suerte estaba prácticamente echada, para reclamarle que no hubiera pitado antes la final del encuentro (y, a decir verdad, esos cinco minutos de compensación yo no los registré tampoco en mi reloj interno). El hubiera, sin embargo, no existe. Y, en esos escaso segundos que le restaban al partido, los más fuertes encontraron, primeramente, su tabla de salvación y, luego, amos y señores de la cancha, dejaron bien dichas las cosas: los mejores son los que ganan.

El Madrid, en efecto, fue el mejor. Era más fuerte cuando perdía y fue más fuerte cuando comenzó a ganar. No hay nada más que decir. Los milagros ocurren. Pero, muy pocas veces. 

 

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