Deporte al portador

Lecciones de humildad para Vergara

Vienen holandeses. Se van. Llega La Volpe. Sale por la puerta de atrás. Se aparece Paco Palencia. Se marcha también. Desfilan directores técnicos y mandamases deportivos de todo pelaje, españoles, mexicanos, argentinos, marcianos y venusinos. Y el equipo no funciona. No gana partidos. No mete goles. Pierde aficionados a pesar de que cuenta con un estadio modernísimo construido expresamente por el patrón. Pero, nada que hacer. No hay manera. La famosa tabla de coeficientes, o como se llame, comienza a ser una amenaza a pesar de lo infinitamente benigna (y lo colosalmente maligna, para los recién llegados) que resulta para los equipos que ya vegetan en la primera división de la mentada Liga MX. Mientras que los que acaban de desembarcar apenas de la llamada liga de ascenso lo tienen durísimo, cualquiera de los otros necesita ser malo de verdad –y durante mucho tiempo, años enteros— para descender a los infiernos. Ocurre, sin embargo, que Chivas –porque de ese equipo grande es del que estamos hablando— ya comienza a empantanarse en la “zona de descenso”, con todo y lo comodona que es la simple permanencia en el circuito principal.

¿Qué pasa? Es la culpa de Vergara, dicen los que saben. Con eso de que es el dueño, se mete donde no le toca. No deja hacer. Opina. Mangonea. Se pone mandón. Quiere mostrar quien es quién. Hay que entenderlo, al hombre, en su condición de personaje protagónico y peleón. Después de todo, el mismísimo Florentino Pérez, a quien debiera bastarle con llevar sus negocios (tiene el hombre una fortuna de unos mil 600 millones de dólares; o sea, que a Slim no le llega ni a los talones pero que a Vergara, tal vez, sí lo puede mirar por encima del hombro), se inmiscuye también en las cuestiones deportivas del Real Madrid, encarga contrataciones y decide si tal o cual jugador debe estar en el equipo.

El presidente del equipo merengue se puede permitir esos caprichos de cacique. Vergara no. Para empezar, debe ajustarse a la tradición de un club donde solo juegan mexicanos de cepa pura. Y, en segundo lugar, no está dispuesto a quemarse la plata para respaldar sus ocurrencias y poder compensar sus errores. Florentino saca la chequera y, si la cara de Di María no termina de gustarle, se trae a los mejores de toda la galaxia. A Vergara no le queda otro remedio que la humildad. ¿Se habrá enterado?

 

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