Deporte al portador

Futbolistas payasos

Miraba yo anteayer el partido América-Xolos y, recién comenzadas las hostilidades, el inefable Rubens Sambueza —uno de los personajes más antipáticos del futbol mexicano, cuya preeminencia en el equipo de Coapa no termino de entender porque no le veo los tamaños por ningún lado— decidió tirarse un clavado en el área, por si picaba el árbitro y le regalaba —así, con tan malas artes— un penalti a su parroquia. Y, pues no, no cayó en la trampa el señor colegiado (aunque tampoco le recetó una tarjeta amarilla a tan mal actor) y los dioses del futbol terminaron por premiar, con toda justicia, al equipo que mejor había jugado en la cancha.

A algunos comentaristas —demasiado benignos e indulgentes, a mi entender— no les terminan de indigestar estas farsas porque creen apreciar, cuando los tramposos montan sus numeritos, la salerosa picaresca de un deporte que se juega primeramente en los barrios, o sea, que lleva un inevitable componente marrullero y engañador. Pues, señoras y señores, a mí no me caen muy en gracia las actuaciones de los pillos cuando están en juego tantas cosas y cuando, por el contrario, debería de haber, como en todo lo demás, un premio para la honradez. En fin, cuestión de perspectivas.

Sin embargo, llama la mucho atención lo extraño de la siguiente cuestión: en el box, donde los contrincantes se tunden de lo lindo, el principal objetivo es seguir de pie. Yo supongo que a si a cualquiera de nosotros nos soltaran un puñetazo de los que se dan en el ring caeríamos fulminados como si nos hubiera partido un rayo. Pero, ellos no: esa gente aguanta lo indecible y a veces termina de veras en el hospital (o, de plano en el cementerio). Ah, pero miren ustedes a los futbolistas. Son el anti boxeo: les sopla en la nuca un adversario y no sólo se derrumban sino que comienzan a retorcerse en el suelo, cual condenados a muerte recibiendo la letal descarga en la silla eléctrica (impresionante, de verdad); su negocio, ya lo hemos entendido, es caerse. Tumbarse. Desplomarse. Desmoronarse.

Por eso, como ya he dicho tantas otras veces, me gusta el futbol inglés. Vaya patadas que se atizan, los jugadores. Y no sólo se mantienen de pie, bien enteros y con la frente en alto, sino que siguen conduciendo afanosamente la pelota. Inglaterra, creo, se merece ya ganar un Mundial…   

revueltas@mac.com