Deporte al portador

Enésima defensa de la Liguilla

Cada vez que vuelve la mentada liguilla, esa especie de torneo corto que corona las muy fugaces temporadas regulares de nuestro futbol, se escuchan voces que cuestionan el modelo de competición y que proponen volver al sistema de torneos largos —es decir, el que está vigente en esos países europeos cuyas ligas locales son las más poderosas del mundo, por no hablar de competiciones como la deslumbrante Champions League (se juega ahí, señoras y señores, el mejor futbol del planeta, muy por encima del que vemos en unos Mundiales donde los equipos llegan, para empezar, muy mermados luego de concluir sus torneos y cuyos jugadores no tienen los automatismos que suelen desarrollar en los clubes por el mero hecho de trabajar juntos semana a semana)— para que los conjuntos más regulares a lo largo de toda la temporada vean recompensados sus esfuerzos. Se pretexta que en la tal liguilla los partidos pueden decidirse, casi aleatoriamente, para uno u otro lado como si el resultado de un encuentro no se debiera a los desempeños de los jugadores en la cancha de un estadio sino que resultara de elementos casuales, fortuitos, accidentales o inesperados, es decir, como si todo ello fuera un asunto de pura suerte.

Y sí, en efecto, la suerte juega un grandísimo papel en el futbol: hay veces que un equipo lanza diez disparos y que ninguno entra en la portería contraria, en otras ocasiones el balón pasa a escasos centímetros de los postes y hay también goles debidos estrictamente a la casualidad. Pero, si se fijan ustedes, estas circunstancias se aplican a todos los partidos y en el mismísimo Mundial las cosas no se deciden sino hasta el final, a veces necesitando que se jueguen tandas de penaltis.

Pero, si vamos a las comparaciones, hay algo más, por lo menos en el caso de la Liga española: los dos equipos punteros, el Barça y el Madrid, son de una regularidad tal que casi se puede afirmar que el hecho de que pierdan un partido, uno nada más, puede implicar que no conquisten el título. Naturalmente, una diferencia de seis o nueve puntos no se resuelve en un solo encuentro y, en otras competiciones, el puntero lleva una sustancial ventaja pero podríamos decir, en todos los caso, que sí hay partidos decisivos. O sea, comparables a esos que se juegan, a cara o cruz, en nuestra liguilla.

Ah, y otra cosa: si un equipo se cuela a la fase final como último lugar y resulta que termina ganando el torneo, pues... yo diría que es una historia simplemente fantástica. Disfrutemos, luego entonces, de las emociones de lo impredecible.


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