Deporte al portador

Trump va a poner cuotas en los estadios

Hay algo que quisiera yo que ocurriera, en este país, para ver simplemente la reacción de nuestros compatriotas: que se jugara un partido internacional de futbol, contra el equipo de los Estados Unidos de América, en un estadio repleto de… estadounidenses. Podría ser, no sé, en San Miguel de Allende, Guanajuato, o en Ajijic, Jalisco, localidades habitadas por miles y miles de ciudadanos de nuestro vecino país (por cierto, las estimaciones sobre el número de Americans afincados en Estados Unidos Mexicanos oscilan entre uno y tres millones de residentes, lo cual debiera serle comunicado al inefable señor Trump para que se lo piense bien antes de desatar una ofensiva en contra de una nación amiga).

¿Qué pasaría, si los aficionados en las gradas silbaran en contra de los jugadores del Tri, si entonaran cánticos “ajenos a nuestra idiosincrasia”, si apoyaran a un equipo visitante a pesar de encontrarse en el corazón de nuestro suelo patrio y si desearan la derrota del conjunto local? Se armaría un escándalo de proporciones mayores, señoras y señores, una trifulca patriotera en la que se inmiscuirían hasta los mismísimos senadores de la Cámara (un poco más alta) Alta y los diputados de la Cámara Bajísima para denunciar un flagrante atentado a nuestra “soberanía”, un agravio de dimensiones históricas, una ofensa al orgullo nacional y una injerencia en un asunto “interno” tan determinante como es el futbol, símbolo de nuestra “identidad” y factor de “unión entre los mexicanos”.

Pues bien, eso, lo de que el equipo representativo de una determinada nación se presente, en su propio territorio, en una cancha circundada por extranjeros que vitorean al rival en vez de aclamar a los de casa, eso es precisamente lo que ocurre cuando la Suprema Selección Nacional de Patabola de México juega en Columbus, en Houston, en Pasadena o en cualquiera de esas ciudades de Texas, Ohio o California donde los mexicanos, ansiosos de hermanarse en torno a una identidad perdida y añorada, adquieren sus entradas —así de costosas como puedan estar— para atestar los estadios y apoyar a su equipo. Y, miren ustedes, nadie dice nada, nadie se siente ofendido y no se arma ningún incidente diplomático. Los muchachos del conjunto estadounidense salen al terreno de juego y afrontan un ambiente hostil, como si estuvieran de visitantes a pesar de que compiten en su patria.

Bueno, esto era antes. Ahora, con Trump, de seguro van a poner cuotas de asistencia en los estadios. O, no, ni falta que hará: ya no habrá mexicanos allá…

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