Deporte al portador

A Cuauhtémoc le falta todavía otro homenaje

No sé qué pensar de un personaje como Cuauhtémoc Blanco. Que haya logrado ser alcalde de Cuernavaca me resulta punto menos que asombroso pero, en fin, ya hemos tenido a una Irma Serrano, La Tigresa —mujer de modos bastante insolentes y, en sus propias palabras, amante de Gustavo Díaz Ordaz, el presidente de México que tuvo a bien patrocinar los sucesos de Tlatelolco— bien apoltronada en su escaño de la Cámara un Poco Menos Baja de nuestro honorabilísimo Congreso de la Unión, acabamos de ver que una diputada local del muy conservador y decente Partido Acción Nacional era amiguita de un desalmado criminal y, actualmente, el ex diputado Julio César Godoy, que se las apañó para ser elegido como representante popular por el muy liberal e igualmente intachable Partido de la Revolución Democrática a pesar de estar vagamente relacionado con el Cártel de la Familia Michoacana, está actualmente prófugo de la justicia mexicana. Nuestro supremo Gobierno ha pedido una orden de búsqueda y captura a la Interpol porque supone que pueda encontrarse en Zambia, en Madagascar o en Belice (en Noruega creen que no está).

En fin, en manera alguna estoy tratando de insinuar siquiera que don Cuauhtémoc es del pelaje de esa otra gentuza, ni mucho menos. Solamente estoy hablando de que ocupar un cargo público o estar sentado en alguna silla de nuestro Congreso bicameral ya no está reservado a personas con los tradicionales perfiles del político mexicano sino que ha habido personajes, digamos, de diferentes proveniencias y con aficiones dudosas, que han logrado convencer a los jefazos de los partidos y, de paso, a los votantes.

Pero, si el Cuau no parece, en principio, el individuo de la especie idóneo para llevar la cosa pública en la Ciudad de la Eterna Primavera (ahí vivían mis padres, cuando yo era adolescente, y recuerdo todavía el momento en que mi papá y yo protagonizamos lo que luego habríamos de llamar la "fuga cinematográfica", por la parte de detrás de la casa, al presentarse unos agentes de la policía para detenerlo, en 1968), la simple existencia de Donald Trump lo convierte, al entrañable futbolista del América, en un verdadero hombre de Estado.

En fin, ya tuvo lugar el merecido homenaje de su antiguo equipo y ahora le toca a Cuauhtémoc esperar la otra distinción: la que le puedan dar sus ciudadanos al final de su mandato.


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