Deporte al portador

EL Cruz Azul en caída libre

Se va Tomás Boy. Lo anunció ayer. Bueno, no pudo hacerlo él mismo porque está suspendido (no termino de entender un reglamento en el que, digo, no debiera haber razón alguna para impedirle al director técnico de un equipo que se aparezca personalmente en una conferencia de prensa oficial para informar que deja el cargo) luego de haber escenificado uno de sus acostumbrados desplantes en el partido contra Morelia de la semana pasada: al hombre se le ocurrió sacar la billetera del bolsillo y exhibirla para protestar por un decisión arbitral; y, bueno, luego de que se tomara nota de lo que parecía una descarada insinuación de compra de voluntades, fue expulsado y la Comisión Disciplinada de doña Federación le recetó dos semanas de cesantía.

Y así, nuestro personaje no estuvo en el banquillo ante el Puebla. Ahora, luego de que el partido resultara en una dolorosa derrota —aparte de inmerecida, pero el futbol no es un asunto de justicias y equidades sino de anotar goles— no estará ya ni contra el Guadalajara ni contra ningún otro equipo. Renunció, pura y simplemente. El puesto de director técnico lo toma, por el momento (y una vez más, porque ya había sido interino tras la salida de Sergio Bueno), Joaquín Moreno.

Pero, ¿podrá quien hasta ayer fuera director técnico de las fuerzas básicas de La Máquina ganar los siguientes tres partidos, condición forzosa para que los cementeros se califiquen a la liguilla? No anticipemos vísperas pero será una misión muy difícil. El equipo parece haber perdido los ingredientes esenciales cuando defiendes unos colores: la pasión, la entrega y el espíritu de lucha. Y, cuando ha mostrado tamaños y ha sacado las garras en la cancha, no ha tenido suerte.

El caso Cruz Azul comienza a ser objeto de estudio: estamos hablando, finalmente, de uno de los equipos importantes del futbol mexicano, por historia, por plantilla y por poderío económico. Sin embargo, los resultados no llegan y casi pareciera que le ha caído encima una maldición: algunos individuos supersticiosos hablan de que el Estadio Azul trae mala suerte. Pura tontería, señoras y señores. Más bien, debiéramos dirigir la mirada hacia los directivos y analizar puntualmente sus manejos y sus competencias. El problema es que ahí, fueren lo que fueren las conclusiones, no se van a poder cambiar mucho las cosas. Seguirá pues el desencanto de los fidelísimos aficionados. ¿Hasta cuándo? 

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