Deporte al portador

Clásico: los penaltis debieran estar prohibidos

Benzema falló algo así como tres tiros a gol (pero, metió dos). Víctor Valdés se colocó justo donde debía para evitar el tanto que ya parecía anotar Bale. Cristiano Ronaldo escenificó posiblemente un clavado que le resultó muy rentable –un penalti decretado de inmediato por el árbitro Undiano Mallenco—, pero la presunta falta que Sergio Ramos le cometió a Neymar (que, además, había arrancado en fuera de lugar) –muy productiva también, porque no sólo mereció que se pitara otra pena máxima sino que significó la expulsión del defensa madridista— yo no la vi por ningún lado. Ángel di María ofreció a los merengues su mejor primera mitad de toda la temporada. Iniesta metió un golazo luego de un gran servicio de Messi. Pepe, al que Fábregas le aplicó primeramente un pellizco para provocarlo, se hizo perdonar una tarjeta roja luego de que le respondiera con un cabezazo. Tras dos penales de lo más dudosos, el que logró agenciarse Iniesta pareció más lícito. Gareth Bale no parece todavía justificar la millonada que se quemó Florentino Pérez, el patrón del Madrid. Los comentaristas hablaban del muy discreto desempeño de CR7 pero Neymar estuvo todavía mucho más opaco. Etcétera, etcétera, etcétera…

Son estos los comentarios que pudieran brotar en una tertulia a propósito del gran clásico de la liga española jugado ayer, un partido tan intenso como hermoso por la soberbia calidad de los protagonistas. Pero, señoras y señores, a mí me queda un mal sabor de boca: el tal Undiano, que ya ha montado sus numeritos en el pasado y que fue extrañamente elegido para dirigir el partido más importante de la temporada (se jugaba, ni más ni menos, que el campeonato), decidió ser protagonista en lugar de limitarse a administrar sensatamente las acciones en la cancha. Para abrir boca, digamos que no hubiera pasado nada si le suelta una tarjeta amarilla a Cristiano por tener tan flojas las piernas; pues no, le obsequió un tiro penal. Luego, para compensar, le regaló otro al equipo contrario. Y, cuando las cosas se habían igualado de manera tan arbitraria, sentenció al Real Madrid con la expulsión de Sergio Ramos. Ahí se acabó el espectáculo. Y, de paso, el futbol.

Que viva esa Premier League británica donde los jugadores se trozan casi las piernas y el señor árbitro ni pestañea. ¿No han entendido, algunos, que a los aficionados no nos caen bien los gendarmes en la cancha?

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