Deporte al portador

Carta de un dueño de un equipo (y no es Vergara)

El problema de siempre: soy dueño de un equipo de futbol, soy yo quien paga los astronómicos sueldos de mis estrellas y quien ha solventado las exorbitantes cifras de sus traspasos y soy yo —y nadie más— quien afronta las posibles pérdidas en este negocio. Pero, miren ustedes, cuando mis jugadores son atentamente invitados a participar en los encuentros de la Suprema Selección Nacional de Patabola de Estados Unidos (Mexicanos) —lo cual, hay que decirlo, es un honor y una distinción en la carrera de cualquier futbolista y que, además, sirve para prestigiar los colores de su club— y que, en el terreno de juego, se lesionan y no puedo ya contar con ellos, digamos, para los siguientes tres o cuatro partidos de la Liga MX o, en el peor de los casos, para el resto de la temporada, entonces resulta que los señores que me hicieron tan amabilísimo llamamiento y que aspiran a contar con mi plena colaboración no se responsabilizan en lo absoluto de las consecuencias que puedan tener para mí esas bajas en la plantilla. O sea, que presto desinteresadamente a mi mejor delantero para un amistoso y que, si algún violento rival le asesta una patada y le rompe la tibia y el peroné, me tengo que tragar enteritos el disgusto y la contrariedad. Dicho en otras palabras, yo soy el único que paga la factura y, la verdad, no se me hace justo.

Ya doña FIFA me obliga a apechugar cada vez que celebra alguno de esos partidos oficiales en los que se deciden los destinos futbolísticos de las naciones del planeta Tierra. Y, ni modo, ahí van mis muchachos, muy ilusionados, a combatir en el frente de guerra. Y ahí vuelven, también, cargados de gloria y con recuerdos imborrables o, por el contrario, con una pata enyesada, los meniscos deshechos o los ánimos por los suelos por no haber siquiera sido llamados a pisar la cancha. Soy yo, lo repito una vez más, quien la tiene que hacer de enfermero, de pagador, de reconstructor o de benefactor mientras que los otros no arriesgan absolutamente nada (más que sus muy particulares negocios en caso de que alguna mujer demasiado inquisitiva y preguntona —como esa señora Loretta Lynch, fiscal general de los Estados Unidos— se dedique a hacer indagaciones sobre las corruptelas en el máximo organismo del futbol mundial).

Pues, por eso, y sin ningún problema de conciencia, es que ya casi no presto a mis jugadores. Muchas gracias por cederme su atención y muchos saludos.


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