Deporte al portador

Blatter y la FIFA: una mafia elegante

Siempre es lo mismo. El modelo no cambia. La receta tiene plena vigencia: yo tengo la suprema atribución de otorgarte un muy beneficioso permiso para llevar a cabo obras o proyectos y tú, primerísimo interesado, me vas a recompensar directamente —aunque debajo de la mesa, porque el permiso debiera ser adjudicado de manera abierta y transparente a todos los aspirantes (y, de ahí, el carácter delictuoso del arreglo)— por concederte, justamente, el premio mayor.

Estamos hablando, entre otros muchos casos, de los contratos que el Gobierno autonómico de Cataluña otorgó a la constructora FCC gracias a los pagos que dicha empresa le hizo a Jordi Pujol Ferrusola, hijo del caudillo que gobernó la Generalitat durante más de 20 años; de otra gran compañía española, la mentada OHL, que, según parece, ha estado repartiendo mordidas a diestra y siniestra en este país para no sólo recibir contratos de obra pública sino elevar mañosamente las tarifas a los usuarios de las autopistas; de corporaciones chinas, indias, estadounidenses, alemanas, uruguayas, malasias, birmanas, congolesas, haitianas o ruandesas que untan la mano de los correspondientes responsables gubernamentales para edificar un centro comercial en una zona protegida o para realizar un gran festival “cultural” en un rincón perdido de un país miserable o para construir una ferrocarril que no lleva a ninguna parte o un aeropuerto en el que no va a aterrizar ningún avión (en España, justamente, un tal Carlos Fabra, presidente de la provincia de Castellón, dispuso la construcción un aeródromo en el cual, desde que fuera inaugurado, no ha habido un solo vuelo comercial y donde, cual tiranuelo de una república bananera, mando erigir una enorme estatua de su muy augusta persona; eso, con perdón, no ocurre ni aquí, en México pero, en fin, ya les ha tocado, a los sufridos ciudadanos españoles, pagar los platos rotos de esos ridículos derroches).

Bueno, pues en este panorama de componendas, chanchullos y raterías no podía faltar doña FIFA, la organización que reglamenta el futbol mundial (se emperra, para mayores señas, en no disponer de controles audiovisuales para sancionar esas faltas que los señores árbitros castigan como pueden, en vivo y en directo, de manera puramente aproximativa), que se ha dedicado alegremente a cosechar millones de dólares —que diga, francos suizos— a cambio de conceder autorizaciones para celebrar Mundiales y conseguir patrocinios de las grandes corporaciones de este planeta.

La corrupción es lo de hoy… 

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