Deporte al portador

¿Baches en la pista del Autódromo Hermanos Rodríguez?

Lo primero que te llama la atención cuando aterrizas en cualquiera de los aeropuertos de este país es la irregularidad del pavimento de las pistas. Si los ciudadanos de a pie nos quejamos de los baches en las calles (y, miren ustedes, en esas autopistas de peaje que te cuestan un ojo de la cara y que ni siquiera contratan personal suficiente para atender prontamente a los usuarios que cruzan las casetas de pago) pues entonces yo imagino que los pilotos de las aerolíneas no han de estar nada contentos de que las naves que tripulan se desplacen a tumbos y sacudidas desde que tocan tierra hasta que llegan a las plataformas de estacionamiento.

En la capital de todos los mexicanos se pretexta que el subsuelo es pantanoso —la ciudad se edificó en el lecho de un antiguo lago— y que no hay casi manera de pavimentar una avenida como dios manda. Pero no es una plaga local, señoras y señores, sino una epidemia nacional. Dicho en otras palabras, en todo México no hay carreteras ni calles verdaderamente lisas, bien asfaltadas y sin ondulaciones. Creo que el problema —más allá de la corrupción que nos flagela y que perjudica directamente la calidad de la obra pública— es que, en las licitaciones convocadas por el Gobierno, no gana el contrato la empresa que propone la mejor ejecución de los trabajos sino la que ofrece los presupuestos más baratos. Un día, charlando con un constructor y haciéndole ver el lastimoso estado de nuestras infraestructuras, me enteré de que las corporaciones si tienen la capacidad de cimentar buenos caminos —me hablaba de técnicas con láser para garantizar la regularidad del pavimento— pero que es meramente un asunto de recursos.

Pues bien, los aviones son muy resistentes —el tren de aterrizaje soporta impactos fortísimos— pero el espectáculo de un auto de Fórmula 1 lanzando chispas por el roce de su bastidor con los baches y protuberancias de una pista de carreras no es muy glamuroso que digamos. El Gran Premio de Mónaco se disputa en un circuito urbano, lo que nos habla de lo bien que están las calles de Montecarlo. Por el contrario, en los tiempos antiguos en que se celebraba el Gran Premio de México —de 1963 a 1970 y, luego, de 1986 a 1992— los bólidos rebotaban sobre la pista. Vamos a ver si la reconstrucción del Autódromo Hermanos Rodríguez logra el milagro de que exista, en este país, una pista verdaderamente lisa. 

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