Deporte al portador

Aguascalientes: fortaleza de taurinos

Nos anuncian, desde hace tiempo, el fin de la fiesta de los toros: ya se prohibieron las corridas en Barcelona, los aficionados han dejado de asistir a las plazas, se escuchan cada vez más las voces de los opositores, etcétera, etcétera, etcétera.

Y, bueno, algo hay de eso, más allá de que a los catalanes les parezca demasiado española, o españolista, esa manifestación y de que, en un arranque de nacionalismo fanático e intolerante, quieran nada más ingurgitar platos de la cocina catalana (le ocurrió a Joaquín López Dóriga que, de visita en Barcelona y al pedir un guiso en un restaurante, le soltaron que allí no servían comida "española" sino estrictamente catalana), hablar catalán las 24 horas del día, pensar y tener sueños en catalán, desterrar cualquier vestigio de lo "español" y, finalmente, instaurar una República confesional sustentada en un catalanismo omnipresente, obligatorio, vinculante, excluyente y absolutista. O sea, que de los toros, ni hablar. Ni tampoco de sevillanas ni de pasodobles ni de saetas ni de bulerías ni de callos a la madrileña. Pura sardana y a cantar Els Segadors todo el día, sin respiro alguno y, por favor, con el debido entusiasmo.

Ahora bien, la fiesta brava afronta otros desafíos, obviando los aspectos políticos y las embestidas de los anti taurinos, y uno de ellos sería la progresiva pérdida de casta de los animales y la correspondiente complacencia de unas "figuras" que a un toro bravo no lo quieren ver ni en pintura. Todo ello, en detrimento del espectáculo o, mejor dicho, del arte de la lidia. Y, paralelamente, se está quebrantando también la exigencia de los aficionados y su conocimiento de las destrezas taurinas, lo cual viene siendo también un signo muy inquietante. Estos serían, en tanto que representan una amenaza desde "dentro", los retos más inmediatos. Desafortunadamente, al tema de la bravura de los astados no se le ve una solución tan pronta. En cuanto a las exigencias de los grandes protagonistas del toreo contemporáneo, se inscriben tal vez en la tendencia natural de una sociedad movida inexorablemente por el proceso civilizatorio: de manera tal vez inconsciente, los matadores ya no desean sufrir sangrientas cornadas.

Lo curioso es que, aunque los toros parecieran figurar cada vez menos en un mundo que consume futbol y que sigue los avatares de la NFL, existe en México un estado profundamente taurino donde la fiesta, por decreto del gobernador en funciones, ha sido declarada "patrimonio cultural intangible". Estoy hablando de Aguascalientes. A los aficionados nos queda este oasis. ¿Hasta cuándo?


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