Pelotazos

Nadie extrañó a las barras

El Estadio Omnilife estuvo lleno. El ambiente estuvo bien, los futbolistas igual vivieron un Clásico en la cancha. El Guadalajara-América se jugó sin barras. No pasó absolutamente nada. Fueron totalmente prescindibles. Y la gente seguirá hablando de la goleada, y nada más.

La lógica de los “grupos de animación” en México jamás tuvo que ver con lo que sucede en la cancha. Cantan sus canciones sin ton ni son. Brincan, bailan, toman, se drogan, lo que les importa es su propio ritmo, su propia lógica. Jamás he visto a una barra de México apoyar en serio a su equipo, presionar a un rival, entender lo que está sucediendo en el campo. Les vale absolutamente gorro el futbol. No quiero decir que algunos barristas no sepan nada del juego o no quieran a su equipo o se sepan la alineación y la historia. Describo que jamás reaccionan a lo que sucede en la cancha. Gran parte del tiempo están más preocupados por las barras rivales, o por echarse porras a ellos mismos. Y en el campo los jugadores corriendo con música de fondo.

Tomo como ejemplo a la de Pumas, la que más he visto en el estadio. Las Goyas antes sucedían cuando había una jugada buena del equipo, cuando recibían o anotaban un gol. Ahora se gritan de vez en cuando, cuando la pelota está en un saque de banda o en media cancha. Lo que les importa es que no se les cansé “la banda” que sigan el ritmo de su tambor. Igual sucede con las del América y con las de Chivas que, en nada fueron extrañadas.

Para los jugadores esto es un tema tabú. Jamás dirán que las barras son irrelevantes. Nadie quiere tenerlas de enemigas porque lo que sí son es una máquina de extorsión y un negocio para los líderes, que viven de revender boletos, algunos de traficar drogas o de negociar con los viajes a otras plazas. Lo que hizo Chivas fue valiente y un ejemplo. Y no pasó nada. ¿Cuándo seguirán los demás?   

roberto.velazquez@milenio.com

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