De oficio reportero

Un texto exclusivo para atlantistas

El recuerdo más nítido y hermoso que tengo de mi infancia es el de mi papá y yo tomados de la mano entrando al estadio vestidos de los pies a la cabeza con los colores azulgrana. El Atlante, desde que tengo uso de razón, se convirtió en el mejor pretexto para que este par de potros apasionados y bravos fuéramos por la vida besándonos y diciéndonos cara a cara, gol a gol, cuánto nos amamos… hasta el día de hoy.

Mario, mi papá, nació en el barrio bravo de Tepito, bastión azulgrana por tradición. Yo, vi la primera la luz en la colonia Roma, donde el Atlante fue fundado hace ya 100 años. Cosa del destino el ligue de nuestras vidas con el amado equipo.

No hay aficionado más masoquista que el del Atlante, lo he aprendido en 38 años de vida. Junto a papá, han sido más los lamentos, las tristezas, las rabietas. Y por eso es que las contadas alegrías, escasas, casi nulas, las hemos disfrutado a grados de divinidad.

Por eso tengo claro cuáles son los cuatro días más felices de mi vida: dos relacionados a temas exclusivamente familiares, y los dos días que me ha tocado ver al Atlante ser campeón, primero en Monterrey, y luego, en Cancún.

Mi papá tiene 84 años. Y solo una vez en la vida lo he visto llorar: aquella tarde de ensueño que Atlante se coronó en el Tec de Monterrey, Daniel Guzmán anotaba el gol con el que se concretaba el título azulgrana. Mario no festejó, y a cambio se dirigió a la cocina. Yo vuelto loco, fui detrás de él un minuto después. Se hallaba de espaldas, inclinado hacia la estufa. ¿Qué haces papi?, le pregunté. “Me estoy encendiendo un cigarro”, me respondió… Mentira. Cuando me acerqué y vi su rostro, vi por primera vez correr lágrimas sobre su rostro. Eran de felicidad. Yo hice lo mismo.

Para el 2007, cuando Atlante se coronó en Cancún. Yo estaba en el estadio y mi padre en la Ciudad de México. El árbitro aún no silbaba el final del partido y yo ya tenía en la línea a Mario. Las lágrimas, la emoción, no me dejaban hablar bien. “No llores, cabrón. Esto es para festejar”, me gritaba eufórico del otro lado mi potro viejo y panzón.

¿Por qué les cuento parte de mi historia como atlantista? Porque estoy seguro que no hay ninguna afición en México como la del Atlante. A nosotros no nos dijeron que había irle al equipo porque era el que salía en el canal dos, tampoco porque como era el de la ciudad, pues era de cajón apoyarlo y mucho menos porque en Atlante contrataran a los mejores futbolistas, a los que estaban más de moda.

No, somos atlantistas porque, como yo, todos tenemos una historia de vida y amor con este equipo, una empatía que va más allá de seguir y apoyar unos colores. Es parte de nosotros.

Hoy, Atlante, en sus 100 años, está muy lejos, en manos de gente que no tiene la menor idea de lo que es este equipo. Pero no pierdo la esperanza de que Dios me dará la oportunidad y el tiempo para ver consumado un sueño: entrar de la mano de mi papá al estadio otra vez, vestidos de pies a cabeza con los colores azulgrana, dándonos de besos y lanzando el grito de guerra: “Les guste o no les guste, les cuadre o no les cuadre, el Atlante es su padre, y si no, chinguen a su madre”.  

 

ricardo.magallan@milenio.com