De oficio reportero

Mi papá, el que cremaron con la playera del Atlante

Es sábado, la hora no importa. Las lágrimas me nublan por completo la vista. Solo logro ver siluetas, fantasmas, como los que esperé con miedo durante 38 años, a los que planee cómo enfrentarlos para derrotarlos y ante los cuales, lo confieso, hoy me rindo. Son los fantasmas de la muerte. Te has ido hace unas horas apenas.

Solo me guío por instinto. Ciego, solo me da para aferrarme a esta cajita color ocre. Aún está caliente. La abrazo con fuerza descomunal, como si en ella se me fuera la vida… Y sí, dentro va mi vida. Vas tú convertido en cenizas.

Le susurro a la cajita –a ti-: “Te amo, te amo, te amooooo cabroooón”. La beso. Pero no huele a lavanda, como olía tu cabecita, ni me deja los labios grasositos como cuando rozaba tu peloncita. Pero aquí estás tú. El día llegó. El peor capítulo de mi vida: tu muerte.

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Mi amiga Mac Reséndiz, reportera de ESPN, sin proponérselo, te encontró en la marcha realizada en Paseo de la Reforma por el centenario del Atlante. ¿Te acuerdas? Te supliqué no ir, me preocupaba tu salud; te traté de convencer que de nuestro Atlante, el que amamos, no queda nada… como siempre lo hacías, me mandaste a la chingada. Tepiteño al fin. Rebelde sin ataduras.

Y Dios quiso que entre esas más de mil personas, Mac te encontrara, de manera fortuita, te entrevistara y te tomara la hermosa foto que aparece aquí, acompañado de mi hermano, Mario.

Ella no solo me hizo el día enviándomela, también, sin proponérselo, de manera fortuita, me dio un regalo de Dios: fue la última vez que te “vi”. El trabajo, los pretextos, mi estupidez, fueron obstáculos para ya no tenerte frente a frente… hasta hoy, que estás aquí, quemando el pecho a través de la cajita ocre.

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Dos días después de esa foto, publiqué una columna en la que relataba cómo el Atlante se había convertido en el hilo conductor de nuestra vida desde que tenía uso de razón.

Mamá me contó lo emocionado que estabas tras leerla. También, con lujo de detalle, me relató cómo fuiste a sacar decenas de fotocopias de la columna y la empezaste a repartir, como volantes de esos que anuncian pizza, entre los integrantes de la familia, amigos y los locatarios de los negocios que frecuentabas.

Al final de la columna, le suplicaba a Dios que me diera la oportunidad de volver a entrar a un estadio, de tu mano, para ver un partido de nuestro Potro… No se pudo cumplir mi sueño. Te faltó vida.

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Me negué tajante a ver siquiera el féretro en el que te velaron. Tú eres para mí el hermoso hombre que sonríe, embriagado de felicidad, en la foto que me regaló Mac. Y nada más. Así te voy a recordar hasta el último suspiro de mi vida.

Pero me contaron de tu última locura. Y en medio de mi pesadilla, me sacaste una sonrisa: eso de que tu voluntad fuera que te velaran y cremaran con tu playera del Atlante puesta pone punto final a una vida de plena autenticidad, la tuya.

Hiciste y deshiciste. Qué chingón.

Falta cumplir tu otro último deseo: regar tus cenizas en la cancha del estadio Andrés Quintana Roo. ¡Pinche loco! Pero si eso es lo que querías…

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Tengo que soltar la cajita ocre, soltarte a ti. Es hora de despedirnos para siempre, pero antes, por favor, te lo ruego, respóndeme una última pregunta: ¿Cómo seguir respirando si tú ya no estás aquí, papi?  

ricardo.magallan@milenio.com

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