De oficio reportero

Yo conocí a Chuck Blazer

Me niego a creer que el Chuck Blazer que hoy hizo las de soplón y derrumbó a la inmaculada FIFA, ese que, enarbolando la bandera de la honestidad y el buen hacer, reconoce cañonazos millonarios en sobornos para otorgar sedes mundialistas a países donde un pan se valora muchísimo más que un balón, sea el mismo gordito tierno que, en aquél ya lejano 2008, ponía en mis manos una bolsita de lunetas adornada de manera meticulosa por su esposa como parte de su amable protocolo de bienvenida a su oficina en Nueva York.

En ese septiembre del 2008, junto con otros reporteros, tuve la oportunidad de conocer a Chuck Blazer durante tres días de convivencia a propósito de una reunión organizada por el entonces directivo de la Concacaf con algunos miembros de la prensa mexicana para platicar de la Concachampions.

Chuck me pareció un gran tipo, esa es la impresión que me dejó. Eso sí, también me quedaron muchas dudas de su honestidad como directivo y confirmé la extravagancia y despilfarro con el que se manejaba al frente del organismo.

Chuck vivía en el Penthouse del mismo edificio donde se encuentran las oficinas neoyorquinas de la Concacaf, en la Trump Tower, ubicada en la glamurosa Quinta Avenida. Él mismo nos contaba como la fachada del inmueble había sido remodelada para ponerla en tonos rosas, al igual que el piso, a fin de que combinara con la boutique Gucci que se encontraba sobre la misma acera.

Lo vi trasladarse en limusina para recorrer distancias de no más de tres cuadras y con emoción relataba como a raíz de sus relaciones con personalidades del mundo editorial, había conseguido que su esposa viera cumplido su sueño de publicar una guía para viajeros de la ciudad de Nueva York, la cual nos obsequió dedicada.

Me senté junto a él mientras degustaba tres o cuatro platillos a la vez, sambutirse deliciosos postres mientras un séquito le rendía pleitesía y estaba atento a él hasta para acercarle un kleenex cada que estornudaba.

Chuck gastó miles dólares en asientos de primera clase, lujosas habitaciones, comidas, con tal de deslumbrar a los reporteros mexicanos… Y todos regresamos pensando que era un buen tipo, pero con serias dudas de su honestidad.

ricardo.magallan@milenio.com

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