Contragolpe

Regate y elegancia

Hoy no tengo ganas de discutir con los lectores ni tampoco quiero responderles. Deseo disfrutar un texto del hijo de amigo Ariel Scher. Se llama Ezequiel y sigue los pasos de su padre. Ambos son cuentistas. No porque sean cuentos, sino porque tratan la palabra con regate y elegancia. Narra lo que vivió en el Fan Fest de Copacabana en el Brasil vs México. “¿Te acordarás de que las tías me dijeron que la vida es música? Bueno, papá, me acordé: te cuento cuando el futbol se vuelve un festival, un Woodstock. A las ocho y media de la mañana, en Vidigal, una favela militarizada en 2012, ya no se puede dormir: hay cornetas y cantitos que llaman a despertarse como si fueran un gallo de campo. Faltan siete horas y media para que Brasil juegue en Fortaleza. El Fan Fest es dos cosas: primero, la variante que la FIFA organiza para ver el Mundial por una televisión gigante, en la que no se puede entrar con bebidas ni comidas, donde hay hasta un stand organizado por México en el que se puede jugar al metegol. Hay ocho miñitas que mueven las caderas como si tuvieran una samba en el culo, antes de que arranque el partido, cuando una banda musicaliza la previa. Hay un Chapulín Colorado que, si sobrevive al calorón que hace, será mucho más que un superhéroe. Hay un niño que está con su mamá y que todavía no habla pero cuando todos gritan Brasil. Aunque sea una cancha de la FIFA, el Fan Fest es más sudaca que nunca: faltan quince minutos para que arranque el partido de Brasil y hay veinte mil tipos y tipas esperando por ver una fiesta. No cabe un alfiler. Hay nervios: hay bailongo. Dos raperos que tocan sobre un fondo de reggaetón y hip-hop. Las morenas mueven las caderas. Va a arrancar el partido y parece un estadio de futbol. Sale Brasil a la cancha y los mexicanos, que están agazapados, levantan los brazos, los sacuden en el aire y lanzan esa poesía digna de Francisco de Quevedo: ‘ehhh, puto’. Los brasileños ni los chiflan ni les dicen nada: los escuchan. Y cuando los brasileños empiezan a cascotearle el rancho al Chavo y el arquero mexicano Ochoa se vuelve un pulpo, la tribuna parece venirse abajo. Hay avalanchas y gente que se agarra la cabeza que empiezan a cagarse en las patas porque saben que no les está saliendo bien el partido. En el entretiempo, bailan. Cuando el partido termina, bailan. Cuando caminan, bailan. Cuando se saludan, bailan. Cuando empatan, bailan. Cuando cortan la calle, bailan. Los brasileños y los mexicanos y todas las naciones que se juntan ahí para hacer una mezcla increíble de tonalidades –porque, claro, lo raro que suenan las distintas maneras de gritar gol es parte de mucho más que una clase de cultura universal- bailan”.

 

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