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Aquellos dioses ya quedaron fulminados; ahora los Mundiales no los gana una figura

Río de Janeiro.- Fueron mucho mejor los festejos, estruendosos, brillantes del Maracaná hacia el cielo, del Maracaná hacia todos los rincones del mundo cuando se entregó el trofeo, que el partido que terminó coronando a Alemania.

Uno esperaba otro tipo de duelo entre dos representaciones con tanta historia, uno con más goles y con muchas más emociones. Pero el hecho de que no haya sido así no le quita lo atractivo, lo tenso, lo vibrante a un juego de futbol que terminó por definir al que se quedará con la gloria que se le da al mejor del mundo durante los próximos cuatro años.

También hay que decir que si esta Final no resultó como muchos aficionados al futbol la soñaron, fue por méritos de Argentina. Los dirigidos por Alejandro Sabella dificultaron muchísimo a los favoritos, situación que también se esperaba. Si alguna nación sabe ser competitiva en este deporte, ponerse a tono, leer con absoluta precisión las exigencias de este juego son ellos y cumplieron.

Los argentinos rindieron a su máximo potencial. Y en ese registro se incluye al jugador más desequilibrante que tiene este deporte, Lionel Messi. Pero un solo jugador ya no puede ganar por sí mismo este tipo de finales. Se acabaron esos tiempos y quedaron fulminados esos Dioses.

Messi necesita compañeros que le ayuden a avanzar, no de espartanos que quieren entrar por las barreras que él solito tiene que dinamitar. Messi requiere de cuando menos uno parecido a él, no de compañeros que lo observan con admiración y esperan que les resuelva la vida.

La Alemania de Joachim Löw es todo lo contrario: solidaria de principio a fin en todos los sectores de la cancha. Sí llegó el gol del triunfo del jovencito Mario Götze. Así lo intentaron todo el tiempo, no siempre de forma continua ni congruente con un estilo de juego que pri-vilegia el toque para sorpresa de sus ancestros.

No fue la Final con el final esperado para el tipo de partido que estábamos presenciando. Pero nadie puede declararse robado ni estafado por nadie. Los argentinos a eso jugaron y perdieron estrepitosamente su apuesta. Los alemanes también a eso apostaron y ganaron la gloria que ya se merecía esta generación.