A balón parado

Tras el asombro, más asombro y lo que sigue

En el futbol americano el desconcierto proviene habitualmente del dolor. Y eso es lo que vimos en el rostro y en el cuerpo de Tom Brady hasta el tercer cuarto del duelo que su equipo, los Patriotas de Nueva Inglaterra sostuvieron con los Halcones de Atlanta, por el Super Bowl número 51, en el maravilloso NRG Stadium de Houston, Texas.

Demasiado realismo, un durísimo castigo el que venía sufriendo el hoy mariscal de campo más ganador de la historia, como para suponer que la increíble victoria de los Patriotas, en tiempo extra, hubiera sido diseñada por una fuerza fuera del alcance de la hazaña de los propios jugadores que se alzaron con el título. De ello, y de la casi inexplicable caída física y anímica de los comandados por Matt Ryan.

Qué notable manera de mantenerse atractivo del futbol americano. Los duelos definitorios, al menos en la National Football League (NFL), parecen diseñados o escritos por el mejor de los guionistas cinematográficos. No hay un deporte en estos tiempos que sea capaz de adquirir tintes más dramáticos e inesperados. Y miren que hay enormes duelos en el tenis del más alto nivel, o en el futbol de la Champions League o en el mismo beisbol de Estados Unidos.

Al menos en el Super Bowl del domingo pasado vivimos todas las facetas del deporte. Lo que empezó como una paliza implacable terminó en una admirable redención.

Qué manera espectacular de Tom Brady de convertirse en el mariscal de campo con más Supertazones ganados, por encima de dos leyendas: Joe Montana y Terry Bradshaw… Lo mismo para el coach Bill Belichick. Nadie ha ganado, como entrenador, más títulos de la NFL que él.

La dinastía de los Patriotas amenaza para el año que entra dar alcance, con seis títulos, a los Acereros de Pittsburgh, todavía el equipo más ganador de la NFL. Ahhh y cómo no tener presente que los Pats vendrán a jugar este mismo año a México un duelo oficial contra los Raiders.

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