A balón parado

Un presidente joven, conocedor y con plenos poderes…

La vergüenza que genera el Cruz Azul en sus seguidores parece no tener límite ni fin. Pasan y pasan los años, desde aquel lejanísimo 1997, sin que llegue el título de Liga.

No saben cómo hacerle en el equipo propiedad de la cooperativa cementera para hacer que vuelva aquel equipo exitoso y triunfador de los setenta y principios de los ochenta.

Que el equipo no tenga la capacidad para hacerse de títulos es responsabilidad absoluta de sus directivos, empezando por el hombre que ha aglutinado el poder en este club, Guillermo Álvarez Cuevas.

A él, apareciendo en los medios o queriendo guardar un bajo perfil (como en el último año), le corresponden todas las decisiones: el nombramiento del director deportivo, la selección del director técnico, la aprobación de los refuerzos. Imposible nombrar a otro responsable.

El conjunto cruzazulino aparece como una institución avejentada y desgastada. Lo que se vivió la noche del sábado pasado en el Estadio Azul es la suma de las peores cosas que se pueden ver sobre una cancha: displicencia, apatía, indisciplina, falta de concentración y, lo que es peor, incapacidad futbolística, producto de estados de juego individuales lamentables y de una propuesta colectiva raquítica y predecible.

El Cruz Azul necesita renovarse a fondo porque si sigue así pronto dejará de ser uno de esos cuatro equipos grandes en el campo de la convocatoria de público.

Aunque muchos seguidores del Cruz Azul quisieran que Álvarez Cuevas dejara el equipo, esto no va a suceder. En la visión más realista no hay manera de que llegue otro dueño o de que se nombre otro presidente. Así que a este hombre le corresponderá hundir hasta el oprobio a su equipo o tener la inteligencia y la valentía para encontrar la solución.

Lo primero que requiere el Cruz Azul es un presidente joven, con ambición y conocimiento. Y con pleno poder, por supuesto. Si no, ni al caso que llegue nadie. 

 

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