A balón parado

Y pese a todo, el Mundial en Rusia, tan firme

Hay quienes esperan que la FIFA le quite a Rusia la sede del Mundial del 2018. Amparados en el escándalo que sacude a este país, acusado de establecer una política de Estado para dopar a sus atletas.

Como dirían los abuelos: “Que esperen sentados”.

La “renovada” FIFA, presidida ahora por Gianni Infantino, se hará de la vista gorda aun cuando el Comité Olímpico Internacional decida mañana jueves suspender a Rusia de los Juegos de Río de Janeiro.

Se podrán agarrar del argumento de que no se ha demostrado que esa política de doping se utilizó en el futbol. De lo que quieran, pero no se van a meter en una discusión que afectaría sus intereses económicos.

Puede ser entendible esto. Pero esa no es la FIFA que se esperaba tras la terrible sacudida moral y legal a la que fue sometida por la justicia de Estados Unidos. ¿De qué servirá que varios de sus principales directivos se encuentren procesados por corrupción? ¿De qué servirá que esta especie de dictador en la que se convirtió Joseph Blatter se encuentre repudiado y alejado?

La FIFA no tiene moral. Aunque ahora sus abogados podrán argumentar que no pueden tomar medidas retroactivas.

La verdad es que resulta una vergüenza que el próximo mundial de futbol (y antes la Copa Confederaciones del 2017) se vayan a llevar a cabo en un país cuyos gobiernos antepusieron la trampa al honor.

Además de su muy cuestionable política de derechos humanos, el gobierno de Vladimir Putin mantuvo en el deporte una línea que se creía había sido superada tras la caída del régimen comunista. Para los rusos ganar medallas olímpicas o de campeonatos mundiales sigue siendo una estrategia ligada a esta vigente idea de convertirse en una potencia dominante.

El COI y la FIFA deberían llegar a un acuerdo para que en asuntos ligados a la trampa por el uso de sustancias prohibidas lo que sancione una, debe ser asumido también por la otra organización.   

rafael.ocampo@milenio.com

twitter@rocampo