A balón parado

Un nuevo presidente para una FIFA inamovible

La FIFA tendrá nuevo presidente en febrero próximo. Pero la caída definitiva del suizo Josep Blatter no presagia cambios de fondo, que nadie se entusiasme con ello.

¿Qué puede cambiar en la FIFA como para que realmente se pueda conformar un cambio relevante?

Que los presidentes de cada una de las federaciones dejen de vender sus votos cada que se elija una sede de un Mundial… Que esos mismos hombres dejen de recibir sobornos en las negociaciones que se registran y registrarán en lo futuro por los derechos de transmisión televisiva.

¿Por qué tendría que dejar de existir esto? ¿Cómo piensa impedirlo el nuevo presidente?

La FIFA es un ente privado, una empresa en el más preciso sentido de los conceptos. Ningún gobierno le puede marcar lineamientos internos.

La justicia de los Estados Unidos ha actuado contra una veintena de dirigentes de la FIFA por supuestos actos ligados a lavado de dinero. Se añaden chantajes y sobornos a otras empresas y empresarios. Existe pues la afectación de un tercero. 

Pero las prácticas corruptas en un mundo donde existen una enorme cantidad de intereses económicos, no es muy complicado que puedan mantenerse ocultas. Así les conviene a todos.

Yendo un poco más allá de las asambleas y los votos, no puede esperarse una reforma en la FIFA que, por ejemplo, acabe con el absurdo de una Conmebol y una Concacaf, en lugar de crearse una sola organización que represente a los países del continente americano.

O también una reestructuración que nulifique el criterio de un país igual a un voto. Aquí cuenta lo mismo el voto de Samoa que el de Alemania o cualquier otra potencia. La FIFA debería de tener un sistema de representación diferente. De esta manera las cosas seguirán siempre en riesgo de lo absurdo.

Revisen, si no me creen, el pobre discurso de los más que discretos candidatos a la presidencia de este organismo. 

 

rafael.ocampo@milenio.com

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