A balón parado

La “marranada” que sólo lastimó al "Piojo"

Así como en muchas ocasiones han sido el entrenador y los principales directivos de la selección mexicana de futbol los que han llamado a la calma y a la no exageración de los juicios, ahora deberían de plantear un discurso autocrítico.

   Esto pasa por reconocer que Miguel Herrera se equivocó la noche del martes pasado, al definir como “marranada” el súbito o programado cambio de alineación inicial por parte del entrenador de la representación de Bosnia Herzegovina.

   Y es que el Piojo no sólo estuvo mal en calificar esta acción de esa manera, sino en mostrarse tan enfático y reiterativo... Una, dos, tres, cuatro, cinco, puede ser que hasta en seis momentos distintos, el director técnico se refirió de esa manera a lo que hizo su colega, quien había anunciado una formación sin elementos como Edin Dzeko una hora antes del juego y cuando éste arrancó la estrella del Manchester City estaba sobre la cancha.

   Tuvo inclusive Herrera que enfrentar a dos periodistas bosnios que tras escuchar y escuchar las quejas y los juicios se atrevieron a decirle: oiga, pero hace minutos su colega se expresó muy bien de usted y de sus jugadores...

   Entiendo la solidaridad y espíritu de cuerpo que debe imperar en quienes forman parte del equipo que se prepara para enfrentar en unos cuantos días su primer partido de la Copa del Mundo, pero estoy seguro que ni Ricardo Peláez ni Héctor González Iñárritu deben de estar de acuerdo con la queja y sobre todo con la forma en la que ésta se efectuó. Reclamándole también a los medios nacionales el que no estuvieran destacando la maldad del entrenador de Bosnia.

   En el palco de prensa del Soldier Field vivimos esta situación como un error de quien se encargó de poner las alineaciones en el papel. Nunca como un acto tramposo. El Tri no perdió por este destanteo inicial provocado por la inesperada aparición de Dzeko. Perdió por su propia incapacidad para meter las tres o cuatro acciones claras que generaron. Tampoco perdieron porque el portero rival haya dado un gran partido, sino porque fueron incapaces de vencerlo.

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