A balón parado

El manifiesto destino de los felices Pumas

Se equivocó Ignacio Ambriz al considerar que no necesitaría de arranque a su mejor delantero, Darío Benedetto. Lo guardó para no sé qué ocasión, pero el argentino no estuvo en los mejores minutos de su equipo anoche en el Azteca, en el primer tiempo, cuando encerraron en su área a los Pumas. En su lugar estaban Darwin Quintero y Oribe Peralta, ninguno a la altura del buen momento de Darío.

Benedetto aparecerá como el héroe con papel imposible el próximo domingo, cuando tendrán que remontar el 3-0 que los tiene sepultados ya.

A los Pumas, en cambio, les bastó y les sobró con el orden defensivo que prohibió de forma tajante a cualquier jugador que no fuera delantero (Fidel Martínez, Ismael Sosa y Eduardo Herrera), traspasar su propio campo.

Hubiera sido un 0-0, de no ser por el desorden y falta de concentración americanista que fue lo que originó las expulsiones de Pablo Aguilar y Miguel Samudio. Lo increíble es que contra nueve rivales, Pumas siguió apostando por el juego precavido, no se desbocó al frente, no se apuró queriéndose deshacer de un contrincante disminuido y desconcertado.

Aún así, con esa actitud puma que se pudo medir como tibia, sobrevino la goleada.

Soy enemigo de invocar al destino y a la suerte y a demás artes que no puedan ser medidas por nuestros cinco sentidos, pero pareciera que Pumas tiene escrito cuando menos que, pase lo que pase en una cancha, va a llegar a la final.

Ahí está, para quien lo dude, el retrato completo de los 180 minutos que escenificaron en la ronda de cuartos de final contra el Veracruz, fueron dominados, se salvaron de goles, no les marcaron penaltis en contra.

Pumas estaba anoche en el Azteca feliz con el 0-1... Dos goles más fueron un premio demasiado grande para lo que el equipo buscó, pero dirían los clásicos, así es esto. Y el sexto lugar, sitio en el que pasó América a la Liguilla, está maldito.

rafael.ocampo@milenio.com
twitter@rocampo