A balón parado

El gran ridículo de los Tigres

Me resisto a aceptar que ese equipo de River Plate, conformado por jugadores de trayectoria modesta, haya nulificado de la forma en la que nulificó a los Tigres en la final más importante de su historia.

Pero así fue. Pudo más en la final de la Copa Libertadores la fuerza de un colectivo convencido de ganar, que las individualidades destacadas con las que el equipo mexicano intentó impresionar.

Los Tigres fueron un equipo impotente. Nunca lograron desbordar las ordenadas líneas defensivas que mantuvieron los argentinos. Si acaso en aquel desborde por derecha de Jurgen Damm al minuto 67 pero cuyo centro no fue alcanzado de forma adecuada por Javier Aquino.

Pero no hubo continuidad, ni ritmo, ni dominio. Le faltó personalidad de campeón al equipo dirigido por Ricardo Ferretti. Murieron casi de nada, sin entender el significado de una final a dos partidos. Ahí se retrata la personalidad de un entrenador con el sello de conservador.

River Plate ganó fácil, regodeándose casi ya con la desesperación y frustración de un rival que no sabe ganar finales. Como sucedió en el estadio Azteca hace unos meses, en aquella final contra el América en la que fueron arrasados.

El tema es que ahora nadie podrá argumentar que hubo errores arbitrales que ayudaran a decantar el marcador hacia el equipo local.

Un equipo de jugadores con trayectoria modesta ridiculizó a las grandes estrellas que están llamadas a robarse la Liga Mx. Sí es de pena.

Ojalá en Tigres se dé lugar a la autocrítica. Estos jugadores no merecen ser recibidos como héroes, ni aplaudidos. Así como se les apoyó como nunca, por todos lados, hoy deben aceptar que no estuvieron, pero ni cerquita a la altura del reto que tenían enfrente.

Peleó mucho más el Cruz Azul en aquella final contra el Boca Juniors en el 2001, aunque al final malgastara todo su esfuerzo en una fatídica tanda de penales.

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