A balón parado

La final de Nahuel Guzmán. Mucho más que un portero

La final navideña llegó, quién sabe cómo, a los penales. Tras errores arbitrales, tonterías de algunos jugadores que se fueron expulsados, , fallas increíbles ante la portería (como la de Oribe Peralta), una reyerta que debió haber concluido con más de un jugador por cada bando con la tarjeta roja…

Pero bueno, tras la explosión increíble en el graderío cuando sobrevino el empate casi al final del segundo tiempo extra, llegaron los penales para definir al campeón. Y ahí apareció el gran protagonista de esta final.

Hablo del portero Nahuel Guzmán. El argentino detuvo los tres tiros que cobraron los americanistas. Los paró porque se trata de un extraordinario guardameta, con una gran técnica e intuición, pero sobre todo porque tiene una personalidad espectacular.

Guzmán dominó la escena, no solo en estos tres penaltis, sino también en el que le tocó enfrentar en el juego de ida en el estadio Azteca, contra Oribe Peralta.

Nahuel hizo una guerra de nervios, todo un enfrentamiento psicológico en el que involucró  a los dos árbitros y a los cuatro tiradores. Ahí, en los segundos previos a que se ordenara el cobro, en el cruce de miradas y dichos, ahí les ganó el reto.

Por supuesto que no habrían resultado campeones los Tigres si Gignac, Juninho y Pizarro no hubieran acertado en sus cobros… O antes, Dueñas no hubiera metido a las redes el cabezazo aquel del agónico empate.

Pero el mismo Nahuel fue un soporte grandioso a la ofensiva en esos minutos finales en los que, nueve contra nueve, los Tigres arrinconaron al América en su área… Guzmán se posicionó, asumiendo todos los riesgos, en la media cancha, conduciendo y cediendo balones.

Todos los integrantes de los Tigres hicieron méritos para ser reconocidos como grandes campeones, en una gran final en la que hay que reconocerle a los americanistas mucho más que su gesto de caballerosidad y deportividad previo a la entrega del trofeo.

Pero Nahuel Guzmán es cosa aparte.  

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