A balón parado

No esperemos ecuanimidad en una guerra

No esperemos ecuanimidad en una guerra. Los demonios están sueltos en el deporte mexicano. Se avecinan episodios cruentos que en Río de Janeiro empiezan ya a asomarse.

¿Qué tiene que ver que el responsable gubernamental del deporte, Alfredo Castillo, se acercara a felicitar al boxeador Misael Rodríguez tras el triunfo que le asegura como mínimo una medalla de bronce, con una serie de reclamos que se le endilgan?

Nada. Pero ¿qué importa? De lo que se trata es de dispararle al enemigo, no importa que sea a mansalva. No importa que el argumento resulte ventajoso, descontextualizado, improcedente inclusive.

Y para nada estoy haciendo víctima al otro grupo, en este caso el de Castillo. Actuarán con la misma lógica guerrera y a la menor oportunidad tirarán también a matar.

No sé si alguien con el poder suficiente está leyendo estos escenarios. Más bien creo que no. En México se actúa con simples impulsos, todo es pasajero, hasta las guerras más cruentas carecen de sentido.

Si no hay nadie que se haga responsable del desastre que es nuestro deporte de alto rendimiento, ¿por qué diablos tendría que haber un pacificador cuando los principales actores que existen en él empiezan a hacerse pedazos?

Insisto, si alguien no mete mano, lo que veremos en las próximas semanas o meses es un espectáculo vergonzoso. Castillo contra federaciones que no se alinean, Castillo contra Carlos Padilla, Castillo contra todos los que lo desafiaron y se metieron con él… Y al revés también, por supuesto.

Todos tienen armas para hacerse daño. Nadie está dispuesto a poner la otra mejilla. Todos creen tener la razón. Todos tienen intereses que cuidar y todos dicen que los suyos son los legítimos.

Cuando está por cumplirse el cuarto año de un sexenio, ¿a quién le interesa enlodarse en estos pantanales? Creo que sólo a los que ya están atrapados en ellos.  

rafael.ocampo@milenio.com

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