A balón parado

La dura enseñanza para el amable y mediático Miguel

Lo único que hizo falta a la penosa historia del acoso y supuesto chantaje al entrenador de la selección mexicana de futbol, Miguel Herrera, es que éste hubiera presentado la denuncia respectiva ante las autoridades de la ciudad de Santa Mónica, California.

Debería haber contado Miguel con la asesoría legal de la propia FMF y adelantarse también, mediático como es, a la circulación de ese video en donde se aprecia que departe junto con otros integrantes del cuerpo directivo del Tri con cuatro mujeres que han sido señaladas o identificadas como acompañantes pagadas, para ser elegante en las definiciones.

Son varias las lecciones que el Piojo debe aprender de esta experiencia. Debe asumir que un hombre tan atractivo como él para los medios tiene que cuidarse mucho más en la frecuencia y en el tipo de apariciones públicas.

Como ha quedado demostrado hay quienes lo estarán cazando e imaginando las trampas más diversas para exhibirlo.

Es una conclusión atroz, pero hay que asumirla como tal. Y ni siquiera estamos hablando de la elaboración de un complot perfectamente bien articulado. Aquí son diversos los tiradores.

Miguel es un tipo abierto por completo al contacto y comunicación con quienes lo ubican. Quizá sea momento de dejar un poco de lado esa personalidad.

Recuerdo en noviembre pasado, en Ámsterdam, Holanda, ser testigo directo de una acción de este tipo. Un grupo de no más de diez aficionados mexicanos se percataron desde la banqueta que Miguel se encontraba en la cafetería del hotel donde se hospedaban. Le hicieron señas para saludarlo. Eran las 11 o un poco más de la noche.

Con que el Piojo les hubiera respondido, estoy seguro, se hubieran dado por satisfechos. Pero no, sorprendiendo a todo, se levantó, caminó hacia la puerta, recorriendo unos 150 metros hasta que se encontró en plena banqueta con esos aficionados, con un clima de unos 2 grados centígrados, a tomarse fotos con ellos. Confiado. Sin saber ni quiénes eran.  

 

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