A balón parado

La insoportable astucia de los entrenadores resultadistas

Cuesta trabajo entender que dos equipos poderosos, no sólo por el dinero que los respalda, sino por el tipo de jugadores que tienen en sus ataques, salgan a enfrentar un duelo de Liguilla de forma especulativa. Más cuando se trata de una semifinal.

Pero así sucedió anoche en el Estadio Azteca. Ni el América ni los Rayados del Monterrey se prestaron a generar el espectáculo que semanas atrás (cuando su enfrentamiento no era decisivo) dieron en este mismo escenario. Para quienes no recuerden ese partido resultó un espectacular 3-3.

¿Qué explica sino el miedo la actitud precavida de Ignacio Ambriz y Antonio Mohamed? Es tanto lo que se juega en esta instancia que mejor no cometer errores desequilibrando líneas. Supongo que ese fue el pensamiento de los dos directores técnicos.

Qué les importa si el aficionado se aburrió todo el primer tiempo. Para fortuna del espectáculo, dirían los clásicos, el América supo fabricar un gran gol en el botín derecho de Osvaldo Martínez apenas al arrancar la segunda mitad.

Con independencia del resultado final de esta serie, lo que resalto es el nulo convencimiento de los equipos poderosos para actuar siempre como tales.

¿Por qué nadie tiene que soportar que el Monterrey juegue de una manera de visitante y otra de local? ¿Por qué un equipo grande y poderoso no se atreve a jugar de la misma manera en cualquier cancha?

Ahora que cada fin de semana tenemos la oportunidad de ver en nuestros televisores a las potencias que dominan el futbol europeo, esta comparación y esta crítica resultan inevitables y obligadas.

Esperaba mucho, pero mucho más del duelo de anoche en el Azteca. No sólo los Rayados se mostraron díscolos, también al América le faltó la agresividad que tanto dicen que le gusta a sus aficionados.

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