A balón parado

La Copa Oro, la caja chica de todos

No puedo dejar de ponerme a hacer cuentas cuando presencio fenómenos como el del domingo por la noche en San Diego. Al menos 60 mil personas con boleto pagado para ver un partido de futbol entre las selecciones de México y El Salvador.

Espectáculo con la etiqueta de más mediocre dudo que haya reunido jamás a tantos espectadores… Pero esto solo es posible por la avidez que tienen nuestros paisanos residentes en Estados Unidos por presenciar un partido de esa selección con la que tanto les gusta reencontrarse.

El tema da para análisis de tipo psicológico y hasta sociológico, pero no pretendo hoy centrarme en ello.

Sigo con mis cuentas: Si 60 mil personas pagaron un boleto de entrada que bien puede cifrarse en un costo promedio de 50 dólares, estamos hablando que tan solo por concepto de taquilla los organizadores ingresaron 3 millones de dólares. Si tomamos en cuenta que esas mismas personas consumieron en bebidas y alimentos, por ahí algún souvenir, un promedio de 20 dólares más, estamos hablando de otro millón 200 mil dólares. Más lo que se genera por pago de estacionamiento. Un negociazo.

Esto es lo que explica que la FIFA permita que un torneo que no le aporta nada al futbol, como la Copa Oro de la Concacaf, se realice cada dos años y no cada cuatro como sucede en otras confederaciones.

Y si la FIFA permite este atropello a la calidad y a otros valores (como el descanso de las principales figuras), es porque todos quienes participan o participamos del futbol (también desde los medios), estamos muy contentos con ese estado de cosas.

Lo primero en el gran negocio del futbol de hoy es facturar. Como sea, a la hora que sea, con lo que sea.

La Copa Oro sí que tiene su chiste: debe ser estudiada como el fenómeno de más alto ingreso con el producto más barato al que se pueda recurrir. Materia de un master en Harvard y más de las páginas de economía que de las deportivas de la prensa. 

rafael.ocampo@milenio.com

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