A balón parado

La celebración del descontrol. Una Final tragicómica

Definitivamente es raro el futbol mexicano. No sólo no ganan siempre los considerados equipos “grandes”, sino que se pueden dar Finales tan llaneras, entre equipos chicos o medianos, como la que protagonizaron el Querétaro y el Santos Laguna.

Uno puede ser positivo y celebrar el espectáculo y la fiesta que implica tal descontrol. Está bien asumir que es lo que tenemos. Pero no construyamos odas a la “competitividad” por favor.

En ningún otro país de estos que pueden presumir de tener Ligas profesionales bien armadas, como sin duda es el caso de la Liga MX, el nivel de la competencia se define por el estado de ánimo de los contendientes.

En temporadas como la que acabamos de vivir no hay lugar para hacer o intentar hacer un análisis futbolístico que pase por lo táctico o por lo estratégico.

Un entrenador se sitúa como un fenómeno, merecedor de todos los elogios en un partido y al siguiente como un reverendo tonto que perdió todos sus atributos. Ha sido una Liga tragicómica, el reino de los extremos representados en un mismo personaje o en una misma organización.

Esto no pasa en ninguna de las Ligas que consumimos como televidentes. No en la española, no en la inglesa, no en la alemana o italiana. Vamos, ni la MLS estadunidense presenta esta irregularidad al mismo tiempo emocionante y un tanto vergonzosa.

Por supuesto que la Final entre los equipos 6 y 8 que entraron a la Liguilla, el Querétaro y el Santos Laguna, fue la representación perfecta de toda esta trama. Un equipo, el local, arrasó con el otro en el juego de ida... El otro, por qué no, hizo lo mismo en el juego de vuelta.

A ver qué queda para el torneo que viene. Pero nada indica que las cosas tornarán hacia la estabilidad que creo hace seria a una Liga. Y no estoy diciendo que ganen siempre los mismos, pero sí que impere un futbol no tan locuaz.  

 

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