A balón parado

Primero hablemos de los derrotados

De las cuatro historias de derrotados en la Liguilla, todas dolorosas por supuesto, la del América en Torreón es la que mayor culpabilidad debe registrar para el entrenador. Nunca entendió Antonio Mohamed el tipo de partido que tenía que enfrentar, con el marcador a favor 5-3 y con un rival sepultado anímicamente tras permitir una remontada tan imposible como épica tres días antes.

Lo que procedía, cualquier manual futbolístico lo indica, es que el América saliera, como se dice en el argot, a comerse al rival, aprovechando al máximo la enorme debilidad defensiva del Santos. Pero no, las Águilas salieron a echarse atrás, a buscar resistir la embestida del enemigo y sorprenderlos y liquidarlos con un contragolpe. En esos 35 minutos iniciales del primer tiempo, los de Mohamed vivieron un infierno en el que debieron de haber aceptado tres o cuatro goles y no uno como lo registró el marcador.

Esa más de media hora que el director técnico argentino tardó en darse cuenta de que les estaban pasando por encima, habla de que el entrenador que hizo campeón a los Xolos de Tijuana no es tan bueno como se decía y, definitivamente, que no es el indicado para dirigir un equipo como el América.

En el segundo tiempo el América debió de haber atacado y no esperar a que el Santos, la ofensiva más poderosa del torneo, no les hiciera el segundo gol.

No aceptar esto es negar la realidad. No aceptar que esto tiene un costo, y ese costo es irse, es ser poco honesto. No vislumbro argumentos a favor de Mohamed como para que alguien de la directiva permita su continuidad.

Crítica dura debe de haber también para Luis Fernando Tena, el entrenador del superlíder Cruz Azul, que logra irse en el partido de vuelta rápidamente 2-0 y se echa para atrás, deja de hacer lo bueno que estaba haciendo, y ve cómo el rival les hace daño y logra empatarlos a dos, con lo cual los echaba del torneo.  

Las culpas deben de asumirse. 

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