Con ton y son

La máscara blanca de Simón

Cuentan en casa, que salía desde temprano con su gabán y se dirigía a 'la Isabel', aquella mítica arena –de la que hoy quedan ruinas- que se ubicaba en la zona Centro de León. Ahí, con sus bancas forjadas al mismo estilo de una iglesia, era partícipe de los coros celestiales: "Rudos, rudos, rudos", o en su defecto, "Técnicos, técnicos, técnicos". Seguramente ahí, hizo el pacto con la Ola Blanca.

'Cocos', como le apodamos al tío Héctor, es ortodoncista... pero también fanático de la lucha libre. En pocas palabras, se acostumbró a ver bocas rotas, y repararlas. En los 'camastros' médicos, de pacientes, en el ring, de luchadores.

Junto con mi papá, Sebastián, a quien indirectamente le inculcó el primero el gusto por la lucha libre, me tocó asistir por primera vez a la arena, 'de bote en bote'. Nos íbamos temprano, como si el lugar fuera a estallar. A veces pasaba. Pero el principal interés de 'madrugar' era de 'Cocos', quien nos acarreaba a los puestos, que fuera de la arena, se establecían para la venta de un sinfín de productos... desde aquella vez recuerdo, estábamos en busca de la 'máscara blanca' del Dr. Wagner.

Preguntábamos de un lado a otro, de un puesto al otro. Mi papá y yo poco entendíamos del gusto aferrado del doctor por hacerse de la capucha blanca, pues por aquel entonces, quien subía a los cuadriláteros y hacía estallar la tarima era Wagner Jr., ya con coloridos atuendos y bordados similares a un rayo por las costuras de la máscara.

La blanca, yo la había visto en fotos, solamente.

Después lo comprendí. Aquella indumentaria que buscaba 'Cocos' era la que utilizaba Manuel González Rivera, mejor conocido como Simón Blanco, o aún mejor identificado como el Dr. Wagner, el iniciador de la leyenda. En algo que no vi, pero relatan los que saben, el galeno –de curiosa misma 'vocación' que mi tío-, lograba grandes duetos junto al Ángel Blanco. Ambos vestían calzones blancos y una tapa pulcra y a la vez espeluznante en tono blanco, puro... así, de aquella forma tan sencilla y tan sutil, abrieron al mundo la lucha libre mexicana.

Quizá por aquel legado, mi tío siempre buscó por los puestos la máscara blanca de Simón Blanco. Nunca dimos con ella, aunque al final terminamos por ceder en los intentos. Hace algunos días, en un puesto en la Alameda Central de la Ciudad de México, la encontré. Por casualidad, en un paseo. Es una máscara pequeña, de esas que se adaptan a los llaveros, y estaba rodeada de historias junto a las similares de Septiembre Negro, Fishman y demás.

Por eso, quizá haya sido inesperada –y desconsolada- la finalización de la segunda etapa de la leyenda de los galenos, a partir del triunfo de Psycho Clown, otro de familia en el pancracio (los Alvarado Nieves).

Silver King, también de los galenos, ya había sido destapado, pero la segunda estatuilla de los Wagner llegó a pensar en la inmortalidad. Así es la lucha libre, y la máscara blanca de Simón –como ahora la del Jr.-, siempre resultará el trofeo más cálido para un buen aficionado a la lucha libre.

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