Desde el gimnasio

Hijos que educan padres

La presencia en Puebla de las delegaciones deportivas infantiles y juveniles de todo México y de algunos países de América Latina, ha dejado varias lecciones de valores, formación cívica, actitud y espíritu competitivo que más allá del medallero y los triunfos de cada equipo en el pasado Torneo de la Amistad de los colegios legionarios de Cristo, destaca el comportamiento de los menores.
Si bien esta reflexión surge a raíz de estar en contacto con niños y jóvenes participando en diferentes disciplinas por nueve días en la ciudad, lo visto en estas justas deportivas suele presentarse en casi cualquier liga infantil o juvenil en el país, donde los competidores suelen dar espectáculos de pundonor y competitividad, en ocasiones opacados por la conducta de los padres y las personas de los llamados “pantalones largos”.
Los niños y los jóvenes mantienen una ilusión de dar lo mejor de sí mismos, de entregarse en cada competencia y de saber que se están formando en un marco de respeto y valores positivos, respetando a sus entrenadores que se llegan a convertir en guías y mentores y, aunque a veces en medio de reclamos, aceptando el juicio de quienes fungen como árbitros de las contiendas, sabiendo que siempre habrá un ganador y un perdedor inevitablemente.
Las ligas o, en este caso, los organizadores del torneo, los profesores, los entrenadores y los árbitros, aunque a veces con fallas humanas, hacen su mejor esfuerzo por educar a través del deporte con la clara convicción de que más allá de la sana competencia, están formando a los adultos del mañana a través de la cultura física y los valores como el liderazgo, el respeto y la competitividad.
Lamentablemente, en las gradas o en los pasillos de los campos deportivos, en ocasiones la conducta de los padres o de los “mayores” contrasta con lo que sucede en el terreno de juego, cuando en su afán de que sus hijos sean “ganadores” o demuestren sus “habilidades”, los adultos quieren jugar el papel de directores técnicos, de árbitros y finalmente, de dueños del “balón”, empañando así lo que los menores se esfuerzan en conseguir.
Antivalores como la prepotencia de algunos que reclaman a los entrenadores que sus hijos no juegan, cuando nunca antes de los torneos se preocuparon por llevarlos a entrenar o disciplinarlos, reclamos a los jueces o árbitros por presuntos favoritismos cuando el marcador nos les favorece y lenguajes altisonantes que muchas veces sólo “caldean” de más las acciones y “calientan” los ánimos de los competidores, son escenas que nunca deberían darse en este tipo de actividades formativas y educativas.
Sin duda los jugadores, cuando se forman y se dan la mano sin importar el resultado, muchas veces a pesar de la impotencia en la derrota, son un ejemplo de cómo los hijos muchas veces educan a sus padres y hacen recordar los valores olímpicos de paz y fraternidad entre los contendientes que debería prevalecer por encima de cualquier otro interés.