TRIBUNA FUTBOLERA

Fue bueno mientras duró

Fue un desenlace calculado. Lo de entre semana fue demoledor. No era para menos. El Santos fue un equipo que durante el torneo fue evolucionando hasta el grado de presentarnos un juego bello, atractivo y bien urdido. En varios partidos se quedó con la miel en los labios, conscientes (jugadores, afición y prensa) de que se mereció más porque se fue mejor que el rival… pero se le dio oportunidad de supervivencia y no la desaprovecharon. Pero la cosa fue mejorando y las victorias empezaron a llegar con urgencia de merecimiento: con un equipo que avasallaba y trataba bien la redonda.

Por momentos se llegó a pensar en una no calificación. Un miedo que crecía como sombra tenebrosa.

A veces hace falta sentir miedo para que venga una reacción, un levantón anímico. Y sucedió: más victorias, integradas por unas buenas combinaciones de resultados y los del Chepo y Galindo se catapultaron a la liguilla. Justicia. En el futbol también existe. El Santos calificó y el tamaño de la esperanza creció a lo largo y ancho de la Comarca Lagunera. Había dos percepciones.

La primera: El equipo había jugado muy bien el torneo y su inercia positiva y de juego iba creciendo como la espuma. Invitaban a creer ¿cabía el pesimismo?

La segunda percepción: que lo del buen funcionamiento estuviera “agarrado con alfileres”, que el buen juego del torneo se debió a una serie de circunstancias muy específicas de cada partido donde también hubo suerte (un mal día del rival). Que solamente bastaba con que un equipo llegara, impusiera condiciones y le quitara la pelota al Santos. O, lo que a todos nos quedó claro: que no hay un “Plan B” para cuando falte algún titular. El día que faltaron el equipo lo resintió como un barco que navegó con dos agujeros enormes que lo terminaron sumergiendo. Y se hundió como el Titanic: sin salvación, aún cuando hubo quienes auguraron que “ni Dios podría hundirlo”.

Llegó Toluca y hundió sobre el corazón del Santos y su afición cuatro espadas que lo dejaron desahuciado.

No hay nada peor que ir a una batalla tan herido, tan maltratado. Así se presentó Santos ayer en Toluca. El esfuerzo se agradece, el intento, las ganas por redimirse. Saben en su mente y corazón que levantaron una esperanza justificada, que acabar así no era justo y que la liguilla es meterse a un agujero negro donde la realidad es otra, donde las distorsiones de espacio y tiempo son cambiantes. Ahí quedó el Santos, un equipo que jugó bien y levantó esperanza, pero se quedó muy temprano en el camino.