Juan Manuel Rotter

A, B, C del Alto Rendimiento

Analizar los cambios realizados por parte del Sistema Nacional del Deporte, que preside la Conade, es bastante complicado, sobre todo sin conocer de manera formal la información por parte del organismo rector del deporte. Exclusión de disciplinas, cambio de formato, en particular en los deportes de conjunto y regresar al periodo que se venía realizando el evento, entre mayo y junio, en lugar de como se llevó a cabo en el 2016, son algunas de las grandes modificaciones que se conocen hasta ahora, a través de los medios y por supuesto las redes sociales, sumado al cambio de sede principal para esta próxima edición, siendo en Nuevo León, con Monterrey y en la Ciudad de México, en lugar de Jalisco, como se había confirmado a finales del año pasado.

Beneficiarán al desarrollo deportivo del país estos cambios? Seguramente es una pregunta de base para las propias negociaciones que se llevaron a cabo; sin embargo, no se sabrá en el corto plazo y hoy quizá solo se verán las afectaciones por el cambio en la programación ya establecida en los sistemas de entrenamiento y competencias, sumado a la propia estructura de gestión de apoyos por parte de los Institutos del Deporte, para la representación de su entidad en la Olimpiada Nacional, y la reprogramación de los mismos para el nuevo formato de campeonatos nacionales, que aún tendremos que conocer cómo se llevarán a cabo. La Olimpiada Nacional desde su concepción en 1996 ha sido cuestionada, pero a la vez reconocida como el programa de desarrollo de los atletas que han logrado consolidarse y dar resultados en los eventos más importantes en el escenario internacional, bien merece su continuidad y ajustes, aunque estos deben llevarse a cabo con un mayor tiempo, y con ello asegurar el éxito en la implantación de los mismos.

Considerando que apenas el año pasado se hicieron cambios en el formato de participación y la temporalidad, que al parecer algunos se rectifican y otros sufrirán modificaciones, creo importante que exista una política que refiera un tiempo mínimo para evaluar cada ajuste, por ejemplo de dos a tres años; con ello se podría conocer el impacto en el desarrollo, a menos que desde el primero sea evidente que no fue la mejor decisión. Habremos de esperar la información oficial, la cual espero que disminuya la incertidumbre de muchos niños y jóvenes que aún no tienen claro cuál será su evento fundamental, sobre todo los que practican deportes de conjunto. Ojalá que esta información se complemente con los beneficios y la justificación para llevar a cabo dichos cambios.

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