Reseña

Las quejas de Zubeldía

El pequeño “adn” de los argentinos es quejarse de todo, enseñados por Maradona que se quejó de que le cortaron las piernas cuando él mismo se había destruido.

El entrenador de Santos, que ya conoce bien a la organización, que no vivió en las épocas de bonanza económica de la misma institución, apenas en la fecha uno, ya se quejó de que no tiene suficiente plantel. Lo puedo entender como argentino que es. No lo comprendo porque además, es falso.

Tiene un plantel suficientemente apto para competir bien.En el primer juego, contra un serio candidato a estar bien posicionado todo el torneo, se actuó bien. Se pudo ganar, se pudo perder.

Por nada del mundo se admite lo que declaró Zubeldía. Casi pareciera que vio otro partido pensando más en el ausente que en los presentes. Mucho temo que a Zubeldía le falta tener empatía consigo mismo. No hizo críticas útiles de sus jugadores el domingo. Sólo se dedicó a añorar lo que no va a tener como si lo que tiene, no valiera.

Es necesario enseñarle elementos básicos de cualquier vida organizacional para que aprenda a valorar lo que hay. Parece sentirse totalmente perdido, aventando todo, como niño mimado que nada ha aportado para gozar del privilegio que significa dirigir a Santos, cinco veces campeón.

A Zubeldía le falta una revolcada con la realidad para que aprecie el plantel que tiene. Llegó aquí, más por influencia de sus paisanos que por méritos grandiosos de su currículum. No tiene derecho a quejarse. Esperemos que haya sido la primera y la última vez que lo hace.Las confusiones de Zubeldía lo orillaron a quejarse sin fundamentos.

Trabaja óptimamente con lo que hay, o se retira.

¿Qué posición está débil? Ninguna, entonces, a entregar buenos dividendos. No se vale que sin haber aportado aun algo digno, se haya quejado. No pretendo acudir a comparaciones estériles con otros equipos del torneo, pero Santos no desentona ante nadie.

Tienen que capacitar bien a Zubeldía para que sepa distinguir con claridad esta realidad. Le falta habilidad para saber valorar lo suyo, o su lloriqueo (casi literal) proviene de algún mal mayor, de su propiedad. En ocasiones, el cerebro se niega a entender razones.