Reseña

La procesión del ruidoso silencio

No se sabe qué número de final jugarán mañana. Se desconoce si adentro hay convicción, unidad y sana intención. Lo único cierto para el común denominador de los aficionados es que sólo sirve la victoria. Lo demás es una simpática procesión, tratando de hacer ruido en silencio, y de que el silencio gestara escándalo.

Provocar ruido, como lo están haciendo, logra generar atractivas dudas que sólo se resuelven de una forma: triunfando.

No hay más lenguaje, asumiendo que tienen derecho de réplica una vez que termine la procesión del silencio.

Lo romántico y ruidoso ha sido en exceso, con desórdenes en todas las dimensiones. La fe, propia de un tipo de silencio, va a requerir grata comunicación en el campo, exigirá superar obstáculos poco acostumbrados a ello, demandará solidaridad mostrada a cuenta gotas, reclama competitividad no exhibida pues son el lugar 10.

Sobre todo se solicitará humildad, que con tanto reclamo a los árbitros, se palpa lejana. El silencio, hace ruido, aturde, enloquece.

El reparto de papeles no permite más salidas porque, además, la cultura del esfuerzo que debe brindar calidad, no se aprecia. Todo muy distante a lo prometido e ideado. Por eso, es demasiado ruido con tanto silencio.

Diseñaron un vehículo de formación que todavía está en veremos, después de haber tenido un muy razonable tiempo para demostrar diferencias significativas. Aquí surge otro tipo de ruido que no se calla con silencio. Las intenciones fueron claras, los señalamientos puntuales y con sustento.

Atrajeron al silencio complaciente por tanto ruido provocado.

La clientela está a la expectativa de que la enésima gran final (entre los necesitados) se gane. En un lugar del mundo se lleva a cabo la procesión del silencio. Aquí, distintos, creativos, innovadores y transformadores del bien, se le ha añadido ruido a tal acontecimiento. Lo singular aparece; no en cualquier lado se da. El silencio habla y el ruido calla. Había que ser originales, no imitadores, auténticos.