Reseña

No es cuestión de vida o muerte

Lo que haya sucedido anoche, como cualquier otra final del futbol mexicano, no es cuestión de vida o muerte. Desgraciadamente, muchos aficionados creen que es el final de algo, donde después ya nada existe o todo pierde sentido en caso de haber sido derrotados.

Los eventos del futbol son reflejo de la vida pero no estamos preparados para ello porque para algunos, sólo existe un color y un escudo, no hay nada más, antes y después de su equipo. No piensan, no saben reflexionar, gritan y saltan como embriagados por un profundo algo que no alcanzan a definir con claridad.

Si el equipo predilecto ha triunfado, la palabra se enciende y las pasiones brotan más. Si ha perdido o dejó de hacer algo importante, no hay reflexión que valga pues no se admite la opinión de otro lado. Para muchos, diferir es herir, ultrajar o hasta matar; cuando el hecho de no concordar, es usual en la relación humana.

No hay capacidad humana que sirva de moderador para provocar que el cerebro actúe bajo los principios de la inteligencia, no sólo bajo la influencia de la victoria, el triunfo, el éxito o la decepción.

El pensamiento compartido ayuda a saber interpretar el resultado de una final del futbol mexicano, sea quien sea el rival. La geografía estorba mucho y más perniciosa es la indisposición a escuchar otras ideas que puedan ayudar a mejorar nuestra condición de seres humanos.

Pensar sólo en un color (el amarillo por ejemplo) es dañino porque impide observar los logros de otros, a lo que también tienen derecho. Hemos confundido mucho el futbol, y específicamente una final, con la lectura de la existencia.

No es cuestión de vida o muerte.

Lo que sucedió anoche en la final del futbol mexicano, es parte de la industria del entretenimiento emocional donde meter la pelota a un agujero es algo simbólico que luego se debe transformar en aprendizaje. No entender los claros mensajes de una final, es vivir muerto, es degradar la esencia humana, es confundir los signos elementales de la existencia.

Estar en desacuerdo en algo de la final, es sano y válido; no es cuestión de vida o muerte.