Reseña

Festejos que debemos entender

Compeán, Herrera y los jugadores festejaron como nunca. Ellos hicieron su juego y sus festejos el pasado miércoles. Se les felicita a los tres por todo lo que hicieron precisa y exactamente ese día. Se les comprende las aparentemente exageradas celebraciones que iban haciendo conforme aparecían los goles. El alma, la psique y el espíritu de ellos, estaban llenos de carga emocional y económica, que de alguna manera tenían que desfogar, desbocar. Eso, y sólo eso, se les comprende.
Justino, como empleado fiel del reino de la Nueva España, traía un peso de 600 millones de dólares en sus espaldas. Estaba como aquel rico, que era pobre y despreciado porque empleaba demasiado tiempo en hacer dinero, y poco tiempo en practicar el amor. Justino no traía amor en su vida desde que los empates y las derrotas de febrero a octubre estuvieron presentes. Cinco goles en el Azteca, en casa, fueron suficiente motivo para festejar. Podemos entenderle.
Miguel Herrera, como niño caprichoso, juguetón pero
ubicado con el relajo, tuvo la oportunidad de sacar de sus entrañas otro tipo de alegrías, no usuales en los “cara dura” como Lavolpe, Lapuente, “Ojitos” Meza, Aguirre, “Chepo”, Tena y Vucetich. Bendita alegría que le daba curso a sus emociones y pudo contagiar con brindis añadido. El “Piojo” parecía un “borrachín” muy contento de la penúltima fila de las alturas del estadio. Se le comprende y se le agradece su hermosa festividad.
Los jugadores cabalgaron (Oribe sobre Denigris) como diciendo “arre burro, vamos a Brasil”. Aunque sea por tierra el viaje, pero ya vámonos, por repechaje, pero “arre, dale pa’ delante”. Los del campo, con sus cinco dianas, tenían (y siguen teniendo) todo el permiso de cualquier escrupuloso y crítico. El burro caminó, a su paso, lento pero seguro. Los festejos siempre contagian y los merecen. A las 3 horas de pasado mañana, el festejo puede ser mayor. Y habrá que entenderlo.