Cartas oceánicas

Zona euro

Afinales del siglo pasado el futbol sirvió de intérprete para popularizar el concepto de libre mercado. Con la aplicación de la ley Bosman, el personal de las fábricas empezó a familiarizarse con el complejo y novedoso panorama económico que consolidó la Unión Europea en los años noventa. La forma más rápida para explicarle a un obrero romano que su puesto de trabajo podía ser ocupado por un obrero bretón con los mismos derechos laborales, era enseñarle la alineación de su equipo de futbol. Así, de un día para otro, los clubes más tradicionales empezaron a saltar al campo con tres jugadores nacionales y ocho foráneos que no ocupaban las famosas plazas de extranjeros: esto ayudó a promover el concepto comunitario. Europa se hizo bloque. El futbol como una enorme herramienta de penetración, volvió a funcionar como canal de comunicación y distribuyó el mensaje político a través de un torneo envuelto en papel de plata: La Champions League. Aquella vieja Copa Europea de Campeones a la que asistía un representante de cada país, se convirtió en un exclusivo circuito entre ciudades. La Champions provocó que los grandes núcleos urbanos se promovieran como capitales Premium del futbol mundial. Madrid, Barcelona, Milán, París, Turín, Londres o Múnich; empezaron a funcionar como ejes de identidad. Representadas por equipos multiculturales compitiendo bajo la misma moneda y bandera, fueron ganando terreno a selecciones nacionales que no asimilaron el profundo impacto social que produjo el efecto comunitario. La italiana, que sigue debatiendo un modelo de futbol regionalista con consecuencias paralelas como la radicalización de algunas de sus hinchadas, es el mejor ejemplo de ello. Alemania, Francia y España; modernistas, fueron todo lo contrario.  

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