Cartas oceánicas

Dos sandwiches y una cerveza por jugar

Con diecinueve años, Wayne Rooney aprendió a cantar God Save The Queen sin masticar un chicle bomba. Su fichaje por el United y la primera convocatoria en Wembley con la selección, fueron la terapia de choque que ayudó a domesticar a uno de los diamantes más brutos del futbol mundial. Rooney, que había nacido en el corazón de Croxteth, creció mirando a Gascoigne por las ventanillas de los pubs a través de Sky Sports. A finales de los noventa, el futbol de la Premier todavía suspiraba por aquellos jugadores que marcaban tres goles de día y organizaban una pelea de noche. El antídoto que el marketing encontró para erradicar el perfil de pirata mal encarado, cara sucia y bravucón, muy identificado con el hooliganismo, fue David Beckham: un gentleman con las piernas depiladas que vestía de Armani y seducía una cantante pop. Así que cuando Rooney llegó a Manchester, Ferguson le leyó la cartilla, lo educó bajo la disciplina de Old Trafford y lo convirtió en el mejor futbolista inglés de las últimas tres décadas. Su autenticidad en el campo coincidía con su forma de vivir. Ídolo juvenil del Everton, jamás negó la cruz de su parroquia. El éxito de Rooney en el mercado del futbol, fue recuperar la vieja moda del rudo jugador británico de barrio bajo. Su juego ha sido un homenaje a la clase obrera, bisnieta de la revolución industrial, que antiguamente llenaba los estadios con abrigos de poliéster, guantes de carnaza, boina de cuerda marrón y hollín en las mejillas. En el ocaso de su carrera, el atacante volvió a casa: habitará el área de Goodison, llegará al entrenamiento con chamarra de mezclilla, maltratará al Liverpool, se convertirá en el patrón del puerto, y cobrará dos sándwiches de roast beef con una jarra de cerveza por jugar.  

 

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